
El nombre del empresario tabasqueño, Jorge Amílcar Olán se ha vuelto en estos días en una especie de comodín del poder o de un peón político, que lo mismo sirve o ha servido para hacer grandes negocios con los gobiernos de la cuarta transformación, o bien para enviarlo al matadero como carne de cañón para no llegar más allá de lo que se dice, se sospecha y se investiga sobre su supuesto turbio historial.
Nuestro país tiene ese negro panorama de sumar y contar historias de personajes intocables que, a pesar de lo que se sabe, difícilmente se hace justicia con ellos y la vida sigue como si nada pasara.
Pero también dentro de ese historial hay eventos donde simplemente la maquinaría poderosa, sea oficialista u opositora, pone en marcha una persecución política que busca defenestrar ante la sociedad al señalado.

En ambos casos, lo ideal es comprobarlo. Si hubo delitos, que se prueben y se sancionen. Si hubo complicidades, que se investiguen hasta las últimas consecuencias; y si existe una persecución política, que también se exhiba con pruebas.
Y es aquí donde el tema de Amílcar se pone interesante. Su nombre y presencia son polémica pura porque todo lo que concierne a su nombre toca intereses, amistades y relaciones con personajes de poder muy ligados al grupo de uno de los hijos de AMLO.
Y cuando alguien se mueve en esos terrenos, las dudas se multiplican sobre cómo llegó hasta las entrañas de esos grupos, quién lo respaldó o quién va a meter las manos al fuego por él por cada una de las operaciones que realizó con el gobierno, aunque parezcan legales.
Es curioso que el controvertido empresario no está más en México después de lo que se ha señalado de él, y de acuerdo al titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, Olán se encuentra localizable, lo que contribuye a sospechar que algo no anda bien con él. Sin embargo, nada está claro con el multimillonario Jorge Amílcar.
En México la memoria selectiva es maquiavélica. Algunas temporadas se presume cercanía con los poderosos y se goza de los privilegios, y cuando las cosas se salen de control o hay que buscar culpables, aparecen los deslindes y las explicaciones cantinflescas.
Así, el que ayer era amigo puede convertirse en estorbo, y el que antes tenía protección termina solo frente al escándalo y si es posible, para no llegar al verdadero culpable, lo desaparecen o lo queman en leña verde.

No sabemos si esto es el empresario. Lo que sí sabemos es que las sospechas no sustituyen a las pruebas, pero tampoco pueden utilizarse como pretexto para cerrar los ojos ante asuntos que merecen una investigación profunda y profesional.
Si hay algo que aclarar, que se aclare; si hay responsables, que respondan, sin importar sus amistades ni el color político que los proteja. El problema es que aquí en este caso, la justicia parece no aplicar como se debe y da la impresión de que no se quiere llegar hasta las últimas consecuencias.
Al final, este escurridizo empresario tendrá que enfrentar algo más importante que las etiquetas de culpable, inocente, víctima o villano.

Sea a través de una buena investigación que demuestre los compadrazgos y las cabezas que planearon todo, o bien se exonere y se justifique cada operación que lo hizo multimillonario.
El tiempo pondrá a Amílcar Olán frente al único veredicto que realmente importa, el peso crudo de los hechos o el peso muerto de la impunidad tan cotidiana en México. Sí, como la de un comodín del poder.








