
Rodolfo Guzmán Huerta nació el 23 de septiembre de 1917 en Tulancingo, Hidalgo y murió el 5 de febrero de 1984 en la Ciudad de México a los 66 años.
El Santo, el Enmascarado de Plata nació el 26 de julio de 1942 y desde ese entonces jamás ha muerto, y aunque el tiempo corre inmisericorde, todavía existen aficionados que recuerdan esa emblemática máscara plateada, que además de lucir fenomenal, combatía el mal y aniquilaba con su sola presencia a los monstros, vampiros y delincuentes que querían dominar el mundo.
Y justo hoy hemos pedido el permiso correspondiente a la eternidad para que nos preste unos momentos a Rodolfo Guzmán y otros minutos más al Santo para que nos platique de viva voz sus experiencias de vida dentro de su muerte.

—Santo, ¿en qué momento dejaste de ser solamente un luchador para convertirte en una leyenda? ¿Cuándo te diste cuenta de que ya no eras únicamente Rodolfo Guzmán Huerta, sino un personaje que pertenecía a millones de personas?
—Rodolfo era el hombre. Tenía familia, preocupaciones, cansancio, alegrías y tristezas. Santo era otra cosa. Era la responsabilidad de no decepcionar a quienes creían en él. Rodolfo podía tener miedo. Santo no podía demostrarlo. Rodolfo podía equivocarse. Santo tenía que levantarse.
Nunca dejé de ser Rodolfo, pero llegó un momento en que Santo caminaba conmigo a todas partes. La gente no quería saludar a Rodolfo Guzmán. Quería saludar al Enmascarado de Plata.
—¿Cómo te definirías como luchador? ¿Y cómo te definirías como Rodolfo Guzmán, el hombre que existía detrás de la máscara?
—Como luchador me definiría como un tipo disciplinado, competitivo y perseverante. Nunca fui invencible, aunque el público quisiera creerlo. Recibí golpes, perdí combates y tuve que levantarme muchas veces. Mi mayor virtud fue no rendirme. Como Rodolfo Guzmán era más reservado.
Un hombre sencillo, con defectos, sentimientos, responsabilidades y una vida que procuraba mantener lejos de los reflectores. No necesitaba que todo el mundo me aplaudiera.
Santo era mi identidad pública, pero Rodolfo era mi raíz. Uno conquistó las arenas y las pantallas, el otro tuvo que vivir con las consecuencias de esa fama.

—¿Cómo fue tu llegada al cine y que te orilló a convertirte en estrella?
El cine fue una segunda vida para mí. Llegué desde la lucha libre, pero descubrí que la máscara podía llevarme a cualquier universo. Enfrenté vampiros, momias, extraterrestres y científicos locos. Compartí pantalla con mujeres seductoras y personajes que mezclaban el terror, la sensualidad y el erotismo.
Era un cine fantástico, a veces absurdo, profundamente surrealista y muy mexicano.
Nunca imaginé que aquellas aventuras cruzarían fronteras y llegarían a tantos países. En el ring defendía mi honor, en el cine podía salvar al mundo. Rodolfo era un hombre. Santo podía convertirse en cualquier cosa, incluso símbolo sexual.

—¿Qué representó para ti aquella noche de enero de 1984 en el programa Contrapunto, con Jacobo Zabludovsky, cuando decidiste mostrar parte de tu rostro?
—Fue un momento muy especial y también muy difícil. Durante más de cuatro décadas la máscara había sido mi identidad, mi protección y mi compromiso con el público. Quise demostrar que detrás de ella seguía existiendo Rodolfo, un hombre que había envejecido, pero que conservaba su dignidad. Nunca imaginé que aquella imagen terminaría convirtiéndose en mi despedida pública.

—Eras relativamente joven cuando moriste, apenas tenías 66 años. ¿Sentías que había llegado el momento de dejar descansar al personaje?
—No sabía que iba a morir. No me quité la máscara porque estuviera despidiéndome de la vida. Tenía 66 años y todavía pensaba que había mucho camino por recorrer. Quizá simplemente sentí que el hombre también merecía asomarse detrás de la leyenda. La muerte llegó cuando menos la esperaba. Santo estaba preparado para enfrentar monstruos, pero no para enfrentar su propio destino y eso fue muy duro para mí.
—Si pudieras volver por un instante a aquel México que te vio nacer como leyenda, ¿qué extrañarías y qué le dirías hoy a la gente que todavía te recuerda?
—Extrañaría los aplausos y los sigo extrañando, también las arenas llenas y, sobre todo, el cariño de mi gente. Les diría que no me olviden, porque mientras alguien pronuncie mi nombre y mientras un niño sueñe con ponerse una máscara plateada, yo seguiré aquí para defenderlo.
El cuerpo de Rodolfo Guzmán Huerta fue sepultado el 6 de febrero de 1984. Ese mismo día, el Santo hizo florecer la leyenda y juntos caminaron al infinito. Uno descansa para siempre en la eternidad y el hombre de la máscara plateada vive en la inmortalidad de los grandes personajes mexicanos.
Rodolfo Guzmán Huerta y/o el Santo fueron despedidos en un funeral multitudinario y trasladados al panteón Mausoleos del Ángel, en la Ciudad de México ante cerca de diez mil personas que acudieron a darles el último adiós al hombre sencillo y modesto y al deportista ejemplar que emocionó a tantos.









