Hay historias que, llevadas al cine, resultarían inverosímiles. El pasado 19 de agosto, Volodymyr Zhuravlev, exmilitar ucraniano, buzo profesional e instructor de buceo, fue detenido en Pula, Croacia, mientras trabajaba como asesor de Snake Island, una película protagonizada por Sean Penn y Adrien Brody e inspirada, precisamente, en una operación de sabotaje submarino. Alemania lo acusa de haber formado parte del grupo de buzos que participó en la destrucción de Nord Stream 1 y Nord Stream 2.

Las explosiones que destruyeron tres de las cuatro líneas de Nord Stream ocurrieron el 26 de septiembre de 2022, en el mar Báltico. Alemania abrió una investigación que, meses después, condujo al Andromeda, un velero alquilado en Rostock en el que los investigadores encontraron rastros de explosivos y ADN y que, según la Fiscalía alemana, habría transportado al equipo encargado de ejecutar el sabotaje.

A partir de ahí, la investigación comenzó a poner nombres a la operación. Uno de ellos fue el de Zhuravlev, quien vivía en las afueras de Varsovia y en mayo de 2024 incluso viajó a Berlín para visitar a familiares. Alemania emitió una orden europea de detención en junio, cuando el buzo ya había regresado a Polonia, pero las autoridades polacas no lo capturaron. En julio, Zhuravlev cruzó la frontera hacia Ucrania.

Y no lo hizo clandestinamente. Según la investigación alemana, salió de Polonia a bordo de un automóvil de la embajada de Ucrania con matrícula diplomática. El dato abría una pregunta bastante más interesante que el paradero de un buzo: ¿por qué un exmilitar buscado por su presunta participación en el sabotaje de una infraestructura estratégica europea abandonaba el país en un vehículo diplomático ucraniano? La investigación comenzaba a apuntar más arriba.

Detención de Volodymyr Zhuravlev

Tiempo después, Zhuravlev regresó a Polonia, donde volvió a trabajar y llevar una vida normal hasta su detención, el 30 de septiembre de 2025. Alemania solicitó su extradición, pero el 17 de octubre un tribunal de Varsovia la rechazó y ordenó su liberación. El juez sostuvo que, si el sabotaje había sido una operación militar ucraniana contra Rusia, sus participantes no podían ser perseguidos individualmente por Polonia.

La investigación alemana había subido entretanto un escalón. Serhii Kuznetsov, exoficial del ejército ucraniano, fue detenido en agosto de 2025 mientras vacacionaba con su familia cerca de Rímini, Italia. Extraditado meses después a Alemania, permanece en prisión preventiva y está formalmente acusado de haber coordinado al equipo que ejecutó el sabotaje de los Nord Stream. La Fiscalía Federal alemana le imputa, entre otros delitos, un crimen de guerra por el ataque contra infraestructura civil. Su juicio está programado para octubre de 2026.

El punto más delicado de la acusación está en que la Fiscalía sostiene que el plan fue elaborado junto con otros militares y por encargo de organismos estatales ucranianos. La investigación alemana mantiene abierta la identificación y responsabilidad de quienes participaron directamente en el sabotaje, pero al mismo tiempo ha comenzado a dibujar una línea vertical: de los buzos a los coordinadores, de los coordinadores a los organismos estatales y, a partir de ahí, hacia la cadena de mando.

Serhii Kuznetsov

Los Nord Stream tampoco eran una infraestructura exclusivamente rusa. Nord Stream 1 pertenecía a un consorcio encabezado por Gazprom, con 51%, y el resto estaba en manos de empresas alemanas, neerlandesas y francesas; además, 70% de su construcción fue cubierto mediante financiamiento bancario. Nord Stream 2 era propiedad de Gazprom, pero cinco compañías energéticas europeas se comprometieron a financiar conjuntamente 50% de un proyecto estimado en 9,500 millones de euros. Por su propiedad, financiamiento y destino, los gasoductos eran una infraestructura energética ruso-europea construida para llevar gas directamente de Rusia a Alemania.

Después de las explosiones, Suecia, Dinamarca y Alemania abrieron investigaciones, pero Rusia quedó fuera. Moscú solicitó formalmente participar y pidió acceso a la información recabada; Suecia rechazó constituir un equipo conjunto con los rusos. Rusia llevó entonces el caso al Consejo de Seguridad de la ONU y propuso una comisión internacional independiente. En marzo de 2023, Rusia, China y Brasil votaron a favor; los otros 12 miembros se abstuvieron y la propuesta no prosperó. Suecia y Dinamarca cerraron sus investigaciones en febrero de 2024 y Alemania quedó como el único país con una pesquisa penal abierta.

Las investigaciones periodísticas llevaron la historia todavía más arriba. Bojan Pancevski, corresponsal de The Wall Street Journal en Alemania y autor de The Nord Stream Conspiracy: The Inside Story of the Explosions That Shook the World, reconstruyó durante varios años la operación a partir de entrevistas con investigadores, funcionarios de inteligencia, militares y algunos de sus participantes. Su versión sostiene que Volodymyr Zelensky conoció y aprobó inicialmente el plan, pero ordenó cancelarlo después de que la inteligencia neerlandesa descubriera los preparativos y la CIA pidiera a Kiev detener la operación. Para entonces, según esa reconstrucción, Zaluzhnyi habría decidido seguir adelante.

Der Spiegel llegó a una conclusión distinta sobre Zelensky: el presidente no habría sido informado. La operación habría sido dirigida desde la estructura militar, con Roman Chervinsky como uno de sus coordinadores y la aprobación de Zaluzhnyi. Las dos reconstrucciones terminaron incluso recogidas en julio de 2026 por el Tribunal Superior de Inglaterra, durante un litigio relacionado con las aseguradoras de Nord Stream.

Volodímir Zelenski

Hay, sin embargo, un papel que podría ayudar a resolver la contradicción y que ya no existe. Según la investigación de Pancevski, el plan quedó plasmado en un documento de dos páginas aprobado por Zaluzhnyi, pero fue destruido junto con otra documentación de la operación para eliminar la cadena documental. Sin ese papel, permanece abierta una pregunta fundamental: qué sabía Zelensky, qué ordenó y hasta dónde actuó Zaluzhnyi por cuenta propia.

Pero para llegar hasta ellos hay que detenerse primero en Mykhailo Fedorov, otro de los personajes que la guerra convirtió en algo muy distinto de lo que era cuando comenzó. Llegó al gobierno como ministro de Transformación Digital y desde ahí se convirtió en uno de los principales impulsores de la incorporación masiva de drones y nuevas tecnologías a las Fuerzas Armadas. En enero de 2026 llegó al Ministerio de Defensa con la promesa de acelerar esa transformación.

Duró seis meses. Zelensky lo destituyó el 15 de julio, después de sus enfrentamientos con el comandante en jefe Oleksandr Syrskyi por la conducción y modernización del ejército. La decisión le incendió las calles: miles de ucranianos salieron a protestar en Kiev y otras ciudades para exigir el regreso de Fedorov y la salida de Syrskyi. Bajo la presión de las protestas, Zelensky terminó destituyendo también al comandante en jefe y ofreció a Fedorov otros cargos de alto nivel dentro del gobierno. Fedorov los rechazó: sólo aceptaría regresar al Ministerio de Defensa.

No regresó.

La noche del 18 de agosto, Fedorov apareció en su propio canal de YouTube y lanzó el desafío más abierto que hasta entonces había planteado una figura importante surgida del propio gobierno de Zelensky. Denunció la corrupción, habló de una “crisis sistémica de gobernanza” y acusó al viejo sistema de protegerse a sí mismo y temerle al cambio. Fedorov sostuvo además que sus reformas a las multimillonarias compras del Ministerio de Defensa pudieron haber contribuido a su destitución.

Y entonces pidió elecciones.

Mykhailo Fedorov

“La democracia no puede ser tomada como rehén por Rusia”, dijo, antes de reclamar un mecanismo legal, seguro y realista que permitiera renovar el proceso democrático aun en condiciones de una guerra prolongada. No anunció una candidatura, pero una encuesta reciente ya lo situaba por encima de Zelensky en una eventual segunda vuelta presidencial.

Zelensky respondió cinco días después. Una elección en tiempos de guerra, dijo, podría dividir y hasta “destruir” Ucrania. Zaluzhnyi, mientras tanto, guarda silencio. No ha respondido públicamente al llamado de Fedorov ni a la negativa de Zelensky a celebrar elecciones. Pero el silencio de Londres pesa: apenas unas semanas antes, Zelensky lo había llamado a Kiev para preguntarle personalmente si pensaba competir por la Presidencia en caso de que se convocaran elecciones.

Las encuestas explican la pregunta. Zaluzhnyi y Fedorov son hoy las dos figuras políticas que concentran mayor confianza entre los ucranianos, con 66% y 63%, respectivamente. En intención de voto presidencial, Zaluzhnyi aparece prácticamente empatado con Zelensky en una primera vuelta y tanto él como Fedorov podrían derrotarlo en una segunda. El problema tampoco termina en la Presidencia: en una eventual elección parlamentaria, un bloque encabezado por Zaluzhnyi aparece en primer lugar y uno encabezado por Fedorov en segundo. Aun ganando la Presidencia, Zelensky podría encontrarse con los dos hombres a los que destituyó convertidos en las fuerzas capaces de condicionarle el gobierno desde el Parlamento.

Zelensky conoce el panorama. Y no es la primera vez que intenta apartar de su camino a un personaje al que la propia guerra convirtió en héroe, le dio popularidad y terminó por otorgarle un poder que ya no dependía de la Presidencia. Fedorov fue el segundo.

Cuando Zelensky lo nombró comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, en julio de 2021, Valeriy Zaluzhnyi tenía 48 años y representaba algo nuevo dentro de la estructura militar ucraniana: era el primer comandante en jefe que no había hecho carrera en las Fuerzas Armadas soviéticas. Su formación militar comenzó ya en la Ucrania independiente y pertenecía a una generación de oficiales que llevaba años intentando desprender al ejército de las estructuras, jerarquías y formas de mando heredadas de la URSS.

Siete meses después llegó la invasión rusa.

Volodímir Zelenski

Zaluzhnyi quedó al frente de las Fuerzas Armadas durante una guerra que transformó al ejército ucraniano. Su figura creció al mismo tiempo. El comandante en jefe adquirió una popularidad que trascendió muy pronto el ámbito militar y comenzó a convertirse en uno de los pocos personajes públicos ucranianos con un peso propio comparable al del presidente.

Y ahí comenzó el problema.

El conflicto se hizo público en noviembre de 2023, cuando Zaluzhnyi publicó en la revista británica The Economist su propio diagnóstico de la guerra: el frente había llegado a un punto muerto y romperlo requería una transformación tecnológica de las Fuerzas Armadas. Zelensky lo contradijo públicamente. Para entonces, sin embargo, Zaluzhnyi tenía un poder propio: 88% de los ucranianos decía confiar en él y una encuesta encargada por la propia Oficina Presidencial mostraba un crecimiento de su popularidad e incluso de un hipotético partido político encabezado por el general.

Cuando comenzó a circular su posible destitución, el gobierno se preparó ante el riesgo de protestas e incluso de movimientos dentro del ejército. El propio Zaluzhnyi desactivó cualquier posibilidad de rebelión y dejó claro que no permitiría que los militares abandonaran sus posiciones. Zelensky lo destituyó el 8 de febrero de 2024.

Después de varias semanas de negociaciones, Zaluzhnyi aceptó la embajada de Ucrania en Reino Unido, un cargo que inicialmente había rechazado. Fue dado de baja del servicio militar y pasó a formar parte de la estructura diplomática del gobierno ucraniano.

Valerii Zaluzhnyi

Se fue a Londres.

Pero no desapareció.

Y Londres comenzó a hacer su magia.

La capital europea del espionaje, centro de una de las redes de inteligencia más antiguas del mundo y capital del país que había roto con la Unión Europea para recuperar espacios de decisión propios, era un lugar peculiar para retirar de circulación a un general demasiado popular. Reino Unido seguía dentro de la OTAN y conservaba su relación privilegiada con Estados Unidos, pero había construido durante siglos una política exterior basada en alianzas que no implicaran renunciar a su propia capacidad de maniobra.

En ese ambiente, Zaluzhnyi comenzó a cambiar. Dejó de hablar únicamente como el general que había dirigido una guerra y empezó a construir un discurso sobre la Ucrania que vendría después. Habló de incorporar a cerca de un millón de veteranos a una nueva economía, de aprovechar la experiencia tecnológica adquirida durante el conflicto y de convertir la industria militar en uno de los motores económicos del país.

Después tocó uno de los pilares del proyecto ucraniano de las últimas décadas: la OTAN. Zaluzhnyi comenzó a describirla como una estructura diseñada para las guerras del pasado y a plantear que Ucrania tendría que pensar su seguridad dentro de una arquitectura internacional distinta, mediante alianzas y acuerdos capaces de responder al mundo que emerja después de la guerra.

Londres estaba devolviendo a un político.

Y entonces el Nord Stream vuelve a aparecer.

Cuatro años después del sabotaje, la investigación alemana está dejando de ser solamente un expediente judicial para adquirir una dimensión política. Mientras siguió la ruta del Andromeda encontró buzos, detenidos y un coordinador formalmente acusado. Pero al subir por la cadena de mando llegó hasta los organismos estatales ucranianos y colocó nuevamente frente a frente a Zelensky y Zaluzhnyi, precisamente cuando ambos nombres empiezan a formar parte de la disputa por la Ucrania de la posguerra.

Ahí aparece una primera paradoja. Para los ucranianos, haber destruido los gasoductos que llevaban directamente el gas ruso a Alemania puede representar un éxito militar, un acto de guerra en defensa de la patria y un golpe contra los intereses del enemigo. Fuera de Ucrania, la misma operación puede sentar a sus responsables ante un tribunal por el sabotaje de infraestructura civil europea.

Y hay otra: el documento que podría ayudar a establecer qué sabía Zelensky, qué ordenó y hasta dónde actuó Zaluzhnyi ya no existe. Fue destruido. En ese vacío, la investigación judicial puede terminar cediendo terreno a la operación política. Importará lo que puedan probar los tribunales, pero también quién consiga imponer su versión de lo ocurrido y contra quién decida utilizarla.

Hay todavía otro jugador en esta historia.

Cuando Vladimir Putin anunció la invasión en febrero de 2022, uno de los objetivos que estableció fue la “desmilitarización” de Ucrania. Cuatro años de guerra han transformado dramáticamente el significado de aquella palabra. Ucrania produjo una enorme industria militar, convirtió los drones en una de sus principales armas, acumuló cientos de miles de combatientes y veteranos y vio surgir dentro de sus propias Fuerzas Armadas nuevas figuras con capacidad para convertirse en dirigentes políticos. Zaluzhnyi es probablemente la más importante de ellas.

Vladimir Putin

Por eso Moscú tampoco puede ser indiferente a la sucesión ucraniana. Si la guerra termina en una negociación que establezca las condiciones de la derrota de Ucrania, importará quién se siente del otro lado de la mesa y quién tenga la fuerza política, militar y social para hacer aceptar esas condiciones dentro de su propio país.

Zelensky, Fedorov y Zaluzhnyi representan hoy posibilidades distintas para esa Ucrania. Pero Zaluzhnyi carga además con una particularidad: fue comandante en jefe durante la guerra, conserva una enorme legitimidad entre los militares y los veteranos y, desde Londres, ha comenzado a construir un proyecto para convertir precisamente esa experiencia militar en parte de la estructura económica y política de la posguerra.

Zelensky quiso sacar del tablero a un general demasiado popular.

Cuatro años después, Alemania investiga una operación que puede volver a enfrentarlos, Londres ha ayudado a convertir al general en político y Moscú tendrá que decidir frente a cuál de esas Ucrania está dispuesto a negociar.

Tal vez mandar a Zaluzhnyi a Londres no resultó ser una idea tan buena.