Por Diego Catelli

En la era en la que vivimos nos encontramos constantemente navegando entre mares de información, con solo nuestro criterio como brújula. Cuando decidimos ser conscientes sobre el contenido que consumimos, podemos revisar la fuente, si es primaria o secundaria, el autor, el portal, y el contexto. En base a estos datos podemos, hasta un cierto punto, juzgar si el contenido es confiable y relevante.

Sin embargo, nuestros límites están marcados por el país y sociedad en la que vivimos. La presente epidemia ha dejado en evidencia que más allá de una guerra en contra del virus existe una guerra de información, una guerra por el control de la narrativa.

En respuesta a la cantidad de opiniones sobre el COVID-19, varios países han incluso pasado leyes para prohibir la diseminación de información al respecto del COVID-19. Esto también presenta cierto peligro ya que muchos gobiernos pueden utilizar la situación para ejercer mayor control sobre los medios de comunicación. Tal es el caso de Hungría y el primer ministro Viktor Orbán.

Dejando de lado la discusión científica sobre los orígenes del virus, que ha desacreditado la mayoría de las teorías y subrayado que el virus tiene un origen zoonótico, varios gobiernos y sus respectivos medios de comunicación han impulsado sus propias teorías en busca de controlar la narrativa.

No queda duda que los gobiernos de China y Estados Unidos han fallado en proporciones monumentales a la hora de controlar el virus.

Por un lado, China oculto por varios meses la existencia del virus y censuró a los científicos y doctores que se pronunciaban al respecto. La historia del doctor Chino Li Wenliang que desde diciembre había comenzado a alertar a las autoridades y medios sobre un virus que presentaba características similares a las del SARS recorrió todas nuestras redes.

Por el otro lado, el gobierno de Trump minimizó los riesgos del virus y desperdicio valiosas semanas para preparar el sistema de salud y a la sociedad. No queda ninguna duda de que los ciudadanos de ambos países han pagado el precio de los errores de sus gobiernos.

Como suele ocurrir en situaciones en las que un superpoder ve su poderío en peligro, los gobiernos han lanzado campañas para cambiar la narrativa, confundir a sus ciudadanos y evadir la culpa.

Por parte de Estados Unidos, el gobierno se ha encargado de dirigir la culpa a China y su tardía respuesta. El presidente Trump se ha referido varias veces al COVID-19 como el Wuhan virus y ha incluso apoyado la teoría de que el virus fue diseñado por humanos en un laboratorio en Wuhan. El presidente americano cuenta con el apoyo de la cadena Fox News, aunque lo opuesto también podría ser cierto observando la similitud entre las declaraciones de los reporteros de Fox y los tuits de Trump.

En el caso de China, la estrategia evolucionó de censura a unidad. Una vez que la curva fue aplanada, el gobierno ha decidido imitar la estrategia usada por Rusia que consiste en divulgar varias teorías sobre el origen del virus para desorientar a sus ciudadanos y lavarse las manos.

La táctica es muy eficaz, ya que pone en evidencia la cantidad de teorías que existen y la poca evidencia que hay sobre qué sucedió verdaderamente. Asimismo, el gobierno Chino cuenta con un gran poder ya que las cadenas de noticias son controladas por el gobierno central. Esto permite al gobierno tener un mayor control sobre la narrativa y el acceso a información de sus ciudadanos.

Tanto es así que en los últimos días la cadena de noticias estatal Xinhua publicó un video en su canal de Youtube burlándose de los americanos y su respuesta a esta epidemia llamado “Once upon a virus” (Érase una vez un virus https://www.youtube.com/watch?v=Q5BZ09iNdvo).

A pesar de que ambos gobiernos han fallado en la manera en la que actuaron en contra del virus, no queda duda de que la respuesta del gobierno Chino fue mucho más eficaz que la del gobierno americano. Más allá de las diferencias entre Xi Jinping y Donald Trump, esto parece sugerir que los regímenes políticos autoritarios son más efectivos a la hora de enfrentarse a una crisis. Esto fue sugerido por muchos analistas en los primeros días del virus en Europa y la dificultad del gobierno italiano para mantener a sus ciudadanos encerrados.

Viendo a las democracias liberales en desventaja, existe una gran presión sobre el gobierno americano en mantener una posición fuerte y, más que nada, dirigir la culpa hacia China. Este tradicional enfrentamiento entre sistemas políticos trae recuerdos de la guerra fría.

Al final, esta confrontación por la narrativa y el COVID-19 sirven como un caso de estudio sobre cómo funciona el ambiente político internacional. La “verdad” dejó de importar hace mucho tiempo; hoy en día quien controla la narrativa ejerce mayor poder y cuando la autoridad pierde legitimidad y comete errores con graves efectos en la sociedad, la táctica más eficaz es construir cortinas de humo para que los ciudadanos se ahoguen en tanta información.

Tenemos que ser más inteligentes que nunca sobre qué información consumimos y en cuales narrativas decidimos participar.

 

 

 

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