Gabriel García Márquez es de los más grandes y reconocidos escritores latinoamericanos, sus letras son universales. La crítica literaria, lectores, biógrafos, articulistas, literatos, humanistas, profesores, cronistas, músicos, poetas y periodistas han sido influenciados por “el realismo mágico”, su gran contribución cultural; asimismo han escrito sobre los diferentes pasajes, lecciones y momentos de la obra del novelista a través de un pueblo que perdura en el imaginario de la Patria más grande: Macondo.  Ese lugar mágico que es América misma enclavada en el corazón rebelde del Caribe.

Es inmensa la obra del Premio Nobel y vasta ha sido la visita de su feligresía que acude a esta catedral de cuentos e historias, puerta a una religión literaria; pero una vida tan desprendida del costumbrismo, puede iluminar siempre otros relatos. Gabo el escritor, Gabo el periodista, también ha sido Gabo el militante.

Como su originalidad de su palabra escrita, su capacidad de disentir también vino de sangre, cuenta   Salim Lamrani:

“Su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, apodado Papalelo, veterano de la Guerra de los Mil Días –conflicto fratricida que enfrentó al Partido Liberal con el Partido Nacional entre 1899 y 1902–, excelente cuentista, tiene una gran influencia sobre él y se convierte en el “cordón umbilical con la historia y la realidad”. Progresista, se rebeló contra la Masacre de las Bananeras en diciembre de 1929, cuando el ejército colombiano mató a más de 1.000 obreros agrícolas en huelga de la United Fruit Company, tras las amenazas de Washington de mandar a sus propias tropas para proteger los intereses de la multinacional.”

Como la imagen de aquel tren fantasma que pasaba por Macondo cargado de cadáveres y pesadillas de una de tantas matanzas tan reales como la luz del sol en esos plantíos que explotaba la United Fruit Company, que se cuenta como una de las interminables metáforas que irradian en Cien años de soledad, la influencia de su abuelo del Gabo, sus recuerdos, relatos de  hechos políticos, secretos a voces, ficciones, leyendas y hechos verdaderos marcaron el sendero del que el novelista abrevó, encendieron la chispa de su conciencia crítica y los cuestionamientos ante la dura realidad de miedo, muerte y explotación. Realidades y conflictos que el Gabo decidió afrontar con creatividad en su prosa, pero cuyos relatos familiares fueron su asidero íntimo.

Alumbrado por los recuerdos del abuelo, un veinteañero García Márquez comienza su peregrinar por América Latina y más tarde Europa. Se trata de vivir, un andar que discurre entre clases de Derecho, lectura voraz de los clásicos y aventuras en esa región de cíclicas sublevaciones.

Entre ellas, es testigo de lo que se conoce como “el Bogotazo” del 9 de abril de 1948, cuando asesinan al carismático líder político socialista Jorge Eliécer Gaitán en el preámbulo de un proceso del que seguramente saldría electo Presidente y al que no lo dejan llegar, se desencadena un estallido social. Se dice que cualquier orador de izquierda latinoamericana sería una pálida sombra en comparación con la elocuencia de Eliécer Gaitán. Las llamas del alboroto callejero destruyen la pensión donde vivía el Gabo.

En 1955, Gabriel García Márquez publica su primera novela: La Hojarasca, dos años más tarde encontramos a un Gabo ya con un kilometraje a cuestas en París, la ciudad cúspide para los escritores. Ahí, por su amigo Nicolás Guillén, poeta cubano, se interesa por la Revolución Cubana de Fidel Castro y el Che Guevara que derroca el yugo de la dictadura militar de Fulgencio Batista.

Cuenta Lamrani: “En París, Gabriel García Márquez vive en condiciones económicas precarias y se ve obligado a comer las sobras de un cajón de basuras”. En plena guerra de Argelia, frecuenta a los independentistas del Frente de Liberación Nacional. Los franceses quizá por el bigote lo llegan a confundir y detener por sospechar que era un “rebelde argelino”.

En diciembre de 1957, García Márquez ejerce el periodismo en Caracas, Venezuela. Ahí es testigo directo de otra sublevación, pero esta fue popular contra el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, quien huye a República Dominicana. En 1959, tras el triunfo de la Revolución Cubana, participa en la fundación de la agencia Prensa Latina y se convierte en su corresponsal en Bogotá. Se reconoce en Fidel Castro, también un ávido lector, de quien es conocida la anécdota de que leía libros completos en la madrugada. Con Fidel y la Revolución habrá encuentros y desencuentros, pero de la esperanzadora gesta cubana cunde en el Gabo su abierta o soterrada militancia.

En 1961 pública El Coronel no tiene quien le escriba, en 1962 La mala hora y en 1967 la que sería su obra más reconocida y que lo colocó en la cumbre de las letras hispanoamericanas: Cien años de soledad. La novela ve la luz en junio de 1967 en Buenos Aires con un éxito espectacular. Es la irrupción del “realismo mágico” en todo su esplendor, se traduce a más de 40 idiomas y se venden más de 30 millones de ejemplares. Ya con esas credenciales, García Márquez reitera su compromiso con la Revolución Cubana y con las causas de América Latina. Entonces llega un hecho que le estremece, el golpe de Estado a Salvador Allende. Nuevo capítulo de injusticias políticas que el colombiano habría de atestiguar.

La Moneda, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Habla Salvador Allende, son de sus últimas palabras:

“9:03 am Radio Magallanes. En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato consciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor. Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria.”

La canallada golpista, que marca el inició de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, misma que se prolongó hasta 1990, y que en aquellos días tuvo hechos tan graves como la muerte de Salvador Allende y la represión, donde se detuvieron a miles de personas y fueron conducidas al estadio Nacional de Chile, llamadas a viva voz y ejecutadas en el mismo lugar, como ocurrió con Víctor Jara. Hoy se sabe que el número de víctimas de la dictadura de Pinochet supera las 40.000 personas, de ellas 3.065 están muertas o desaparecidas entre septiembre de 1973 y marzo de 1990.

La respuesta de García Márquez ante tales sucesos inició aquella misma tarde, García Márquez dirigió un telegrama a los miembros de la junta golpista:“Bogotá, 11 de septiembre de 1973. Generales Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, César Méndez Danyau y Almirante José Toribio Merino, miembros de la junta militar: Ustedes son autores materiales de la muerte del presidente Salvador Allende y el pueblo chileno no permitirá nunca que lo gobierne una cuadrilla de criminales a sueldo del imperialismo norteamericano.”

En el libro de Gerald Martin Gabriel García Márquez: una vida. El autor relata:

“Aunque algunos dijeron que este telegrama fue un gesto más propio de un estudiante universitario que de un gran escritor, resultó ser la primera acción política que llevaba a cabo un nuevo García Márquez, alguien que trataba de desempeñar un papel distinto pero cuya línea política acababa de concentrarse y endurecerse radicalmente con el violento zarpazo que puso fin al experimento histórico de Allende. Tiempo después diría en una entrevista: El golpe en Chile fue una catástrofe personal para mí.”

Su primera respuesta como militante fue la decisión de dejar de escribir, en protesta por las atrocidades contra el pueblo chileno. A partir de una reflexión sobre cuál podría ser un mejor papel para defender las causas de los pueblos, más tarde decide: “En 1974, con varios intelectuales y periodistas, Gabriel García Márquez funda la revista Alternativa en Colombia que durará hasta 1980. El escritor publica artículos políticos sobre la Revolución de los Claveles en Portugal, se interesa por la Revolución Sandinista, denuncia la dictadura de Pinochet y expresa su apoyo a la Revolución Cubana.”

Sobre Alternativa nos remite Martin: “El primer número apareció en febrero de 1974. La revista se publicaría durante seis turbulentos años y García Márquez, que pasaría relativamente poco tiempo en Colombia a pesar de sus mejores intenciones, no obstante colaboraría en ella con asiduidad, y estaría abierto permanentemente a cualquier tipo de consulta u ofrecería sus consejos siempre que le fuera posible. Tanto él como los partícipes principales invirtieron grandes sumas de dinero de su propio bolsillo en este negocio, arriesgado de por sí. Entre tanto, anunció que regresaba a América Latina y, para dar mayor impacto a la noticia, dijo que no pensaba escribir más novelas; de ahí en adelante, y hasta que cayera del poder la junta militar capitaneada por el general Pinochet en Chile, se declaraba en huelga en lo que a la literatura se refería para dedicarse de pleno a la política.”

Después de aquellos años de militancia literaria, de organizar una publicación que diera voz al pensamiento crítico, con la pluma como fusil simbólico de la ética y la racionalidad, en 1982 Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura. Su congruencia como acompañante de las causas de los pueblos de América también es un legado. Cuando fue momento de resistir y ser fraterno, ahí estuvo el Gabo. Como él dijo: “El deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia.”

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