Cada que nos referimos a los políticos de nuestro país, sin importar su ideología, solemos decir que todos son iguales y que la culpa de que México esté tan “jodido” es de ellos. Hay mucha razón en eso y la historia lo demuestra; sin embargo, pocas veces en nuestro sano juicio hemos volteado a ver nuestro propio comportamiento dentro de la sociedad a la que pertenecemos. Casi nunca lo hacemos porque carecemos de autocrítica.

Hay una verdad que incomoda: en muchas ocasiones somos nosotros mismos quienes propiciamos que los políticos sean lo que son, porque somos comodinos y poco responsables.

Nos encanta exigir honestidad, trabajo y entrega total mientras, “por debajo del agua”, buscamos un atajo para no pagar una multa, pasarnos un semáforo en rojo o saltarnos una fila. Justificamos en todo momento los pequeños actos de corrupción que cometemos a diario bajo el pretexto inútil de que “así funciona el sistema”.

Queremos una ciudad limpia, pero tiramos la basura donde nadie nos vea, sin importar el daño que le hacemos al entorno. Exigimos seguridad, pero consumimos productos baratos sin pensar que pueden tener un origen ilícito, y buscamos “dar mordida” por los delitos que cometemos, evadiendo nuestra responsabilidad moral y civil.

Un gobierno suele ser el reflejo de lo que somos como colectivo.

Si los políticos son así de feos, corruptos y ventajosos, es porque venimos de una cultura donde el que “no tranza, no avanza” y lo hemos naturalizado.

Ya lo decía el presidente Peña: nuestra corrupción es cultural y, mientras no exista autocrítica, el mal seguirá por los siglos de los siglos.

En nuestro país, criticar al político es un deporte nacional que nos libera de la responsabilidad. Es el escudo perfecto para seguir instalados en la queja pasiva, esperando que alguien más pavimente el camino que nosotros mismos nos encargamos de ensuciar.

Pero a nosotros, ¿quién nos critica? Seguimos destruyendo, buscando culpables donde no existen y eximiéndonos cada día de nuestras propias fallas. No somos capaces de mirarnos al espejo y actuar en consecuencia.

Está claro que el gobierno es feo, sí, pero nosotros somos sus cómplices silenciosos cada vez que elegimos la comodidad por encima de la integridad. Mientras no exista una conciencia individual, difícilmente la colectiva brillará para nuestro bienestar.

Mientras sigamos sentados en el sofá esperando que el país cambie sin mover un dedo, seguiremos teniendo exactamente lo que nos merecemos. Porque un pueblo que solo sabe quejarse, pero no sabe ejercer su ciudadanía, no es una víctima: es un espejo.

Si queremos políticos de altura, primero tenemos que dejar de ser una sociedad que se conforma con el suelo y las corruptelas. Debemos actuar y pensar diferente para, por fin, dejar de ser comodinos eternos.