La cifra de muertos por COVID19 en nuestro país es escalofriante. A cuatro meses y medio del primer fallecimiento, el jueves 7 de agosto, el país rebasó los 50 mil decesos.

Superado solo por Estados Unidos y Brasil en número de muertos por ese virus, México no ha logrado controlar la pandemia y las estrategias implementadas por las autoridades competentes no han sido eficaces.

Con un promedio aproximado de 650 decesos diariamente, el escenario que se vive en el país en cuestión sanitaria es desolador, a pesar del discurso oficial que dice, una y otra vez que la curva está aplanada, en los hechos y en los números no es así.

Esta situación ha sido aprovechada por todos los actores políticos para capitalizar el descontento social que la crisis sanitaria ha provocado en el país.

Incluidos, los gobernadores se han sumado a la guerra declarativa buscando culpables, olvidando por completo que también ellos son responsables del manejo sanitario en sus respectivos estados.

Desde ese nivel, los golpes y ajustes entre los miembros de la clase política mexicana han subido de tono porque nadie quiere llevar en sus hombros la carga de miles de muertos que ha dejado el COVID19, y buscan un chivo expiatorio para evadirse de la terca realidad que les aqueja.

Y mientras unos critican, buscan culpables, se evaden y tratan de desviar la atención para salir airosos de esta pandemia, otros aplauden, respaldan y dicen que van por buen camino en el manejo de la crisis. Cuestión de enfoques, pero mismos resultados.

Dentro de esta lucha sin ton ni son, otro factor que cuenta, es el de la gente. La gente que no cree en el virus. La gente que no cree en los medios de comunicación. La gente que no les cree a los políticos. La gente que desafía a la inteligencia y a los hechos.

La gente que no dimensiona el terrible dolor de esta tragedia que ha enlutado a más de 50 mil familias mexicanas. Sí, esa gente incrédula. Esa gente que no tiene empatía ni respeto.

Esa gente que puede estar confinada y no lo hace, simplemente porque no cree en la pandemia. Esa gente que organiza fiestas y reuniones sin importarle que tal vez alguno de los asistentes pueda contagiar a otros.

Sí, la gente que culpa de todo a los políticos. Gente que critica y vive sin asumir sus propias responsabilidades. Gente que se burla y vive en una burbuja especial, donde lo más importante es su propia vida y nunca la de los demás.

No se puede culpar al gobierno de la indiferencia de esa ciudadanía irreverente que no acata las disposiciones sanitarias emitidas para controlar la pandemia.

Una nación seria y responsable, entendería el mensaje, pero en México priva la indiferencia y el valemadrismo. El número de muertos diarios es muy alto. Muchas de estas muertes pudieron evitarse si la gente, tan solo hubiera respetado la estrategia tan simple de quedarse en casa.

La reciente imagen que se viralizó en redes sociales de la caseta de Cuernavaca, repleta de automóviles regresando a la ciudad de México, es el vivo ejemplo de que a muchos les importa muy poco que, en su país, mueran casi 650 personas diariamente.

De esto, ni López Obrador, ni López Gatell, ni ningún gobernador, tienen la culpa. A su modo, cada uno de ellos implementó un plan para controlar al COVID19. A nadie obligaron y respetaron su libre albedrío.

La pandemia se salió de control, pero no tanto por el gobierno, sino por la gente que jamás respetó las medidas asignadas para enfrentarla.

Actualmente, se buscan culpables por todos los rincones del país. A alguien habrá que cargarles los más de 50 mil muertos más los que se sumen en los próximos días. Mientras unos buscan justificaciones, otros luchan todos los días para controlar este peligroso virus.

Sería deseable que, ante esta desgracia sanitaria, se usará el sentido común, la empatía, el respeto y la solidaridad, porque aquí en este escenario tan lamentable no hay buenos ni malos, ni liberales ni conservadores, ni fuertes ni débiles.

Hay simplemente seres humanos que tienen que asumir como premisa única que en este barco viajamos todos y que cualquier acción buena o mala, tendrá sus consecuencias.

La crisis sanitaria es una realidad. Hay miles de muertos y contagiados. La cifra seguirá creciendo, en tanto no exista una vacuna efectiva para controlarla.

Hoy más que nunca, la sociedad entera debe estar atenta y solidaria para vencer a esta pandemia. Que nos quede muy claro. No hay buenos ni malos. Aquí, en este problema la responsabilidad es de todos.

 

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