Algunos cronistas consignaron que la movilización contra el fraude electoral y por el recuento voto por voto y casilla por casilla del 30 de julio de 2006 fue la más grande de la historia reciente, aún quizá mayor que la marcha contra el desafuero de 2005. Pero a diferencia de 2005 donde había esperanza en derrotar el golpe de Estado técnico, en julio de 2006 reinaba un ambiente de hartazgo por los fraudes electorales, y la indignación crecía ante un golpe real de Estado orquestado mediante el uso faccioso de las instituciones, y con la complicidad del árbitro electoral.

En una nueva jugada maestra en el ajedrez de la vida política nacional, AMLO convocó a los presentes en la movilización a expresar a mano alzada si estaban de acuerdo en instalarse en plantón permanente con la participación de ciudadanos de los 31 estados y las 16 delegaciones políticas de la capital; en un campamento que intensificaría la resistencia civil pacífica y sobre todo activa, no violenta pero no pasiva, desde la Plaza de la Constitución hasta más allá del Auditorio Nacional, en el más grande plantón que se tenga memoria o conocimiento en la historia de México y el mundo.

El campamento que se decidiría a votación directa entre los compañeros del movimiento, significó una escuela generacional de cuadros políticos desde el corazón de la sociedad; y cumpliría dos grandes dimensiones: servir como clínica ética y moral ante el odio, la alevosía y la violencia de los golpistas representados por el espurio Felipe Calderón; y la posibilidad de mantener el movimiento sin ceder a las provocaciones del régimen y caer en el terreno de la violencia, donde se hubiera dado un baño de sangre de gente inocente, donde hubiera ganado la fuerza y no la razón y donde hubiera habido consecuencias inhumanitarias e incalculables.

El plantón todavía no se terminaba de aprobar entre la multitud que corrió la voz como rumor, como aviso de un nuevo y largo camino y como ruta de acumulación de fuerzas ante un mar embravecido, cuando ya los medios al servicio del régimen estaban satanizando la medida y ubicándola en un nuevo guion del coro de levantacejas para descalificarla con el argumento banal de la afectación a los vehículos; sin mencionar si quiera o sin considerar que la gran virtud de la jugada maestra de AMLO era evitar el estallido de la violencia, y mantener en todo momento el carácter pacífico de la lucha.

En el PAN calderonista tuvieron la amnesia de olvidar que su ex candidato presidencial y finado en circunstancias muy extrañas Manuel Clouthier quien tenía una línea opositora y no entreguista tras el fraude de 1988, había apelado también a la resistencia pacífica en aquellos años, marcando los billetes con mensajes contra el cerco informativo de Televisa, tomando puentes internacionales, interpelando a Miguel de la Madrid, y haciendo una huelga de hambre en el Ángel de la Independencia.

El movimiento de 2006 AMLO hacia suya la bandera de la no violencia, y el campamento se volvió una plataforma de colectividades para hacer mítines relámpago, brigadas, bloqueos a la Bolsa de Valores, Bancos y Embajadas, tomas simbólicas de aeropuertos, de plazas comerciales vinculadas a empresas que financiaron la guerra sucia, y a empresas cuyos dueños participaron en el dispendio de recursos a favor de Calderón; una vez que se aprobó la medida, la gente se fue a casa pero para traer lonas, tiendas de campaña, carpas y todos los insumos necesarios para pernoctar al lado del dirigente opositor que desde ese momento se instaló y no se despegó de su tienda de campaña en el Zócalo, despachando día y noche desde el centro de la Patria, y ejerciendo realmente el naciente poder popular.

Elena Poniatowska refrendó en su crónica del día después en La Jornada lo que aquella mañana dijo al pueblo en la playa mayor: “A la gente ya se le prendió el corazón; levantemos la cabeza con orgullo, porque es el momento de la resistencia. Imposible vivir de nuevo la humillación de 1988 y dejarnos avasallar por el poder. Imposible escuchar las voces que nos dicen que no hay remedio. Somos 2 millones de gentes dispuestas a quedarnos a vivir en el Zócalo y a convertir el coraje en orgullo y la lucha cotidiana en alegría. Aquí estamos de pie y estamos bien parados”.

La escritora junto con cientos de miles de jefas de familia, académicos, investigadores, maestros, trabajadores del arte y la cultura, chavos banda, jóvenes, estudiantes, obreros, campesinos, indignas, personas con discapacidad, jubilados, hombres, mujeres libres animaron una de las páginas más intensas, gloriosas y pasionales de la lucha social. Poniatowska aseveró:

“La fuerza moral de nuestra resistencia está a la vista en su carácter civil, legal y pacífico. La resistencia sabe esperar, pero no se raja. La resistencia no se desanima. No abandonaremos el esfuerzo. Si nos insultan es porque no tienen argumentos en contra nuestra, porque si los tuvieran hace mucho nos habrían aplastado. Resistimos hoy porque vamos a resistir mañana y porque en cada uno de nosotros están las raíces de la resistencia civil y pacífica que es parte de nuestra historia. Morelos, Hidalgo, Guadalupe Victoria, Juárez, Madero, Zapata, Villa, Lázaro Cárdenas resistieron como lo hicieron Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Othón Salazar, Frida Kahlo, Rosario Ibarra, Evangelina Corona, Rubén Jaramillo, Florencio El Güero Medrano, Tere, la limonera que nos mandó fruta y nos dio agua, los huelguistas que se lanzaron a la huelga de Río Blanco y de Nueva Rosita, los mineros de Pasta de Conchos y las costureras damnificadas de los dos terremotos de 1985. La resistencia ha sido la razón y la legitimidad de nuestra historia”.

Por su parte, Jaime Avilés refirió: “Un silencio de estupefacción retumba dentro del minuto más largo del tiempo. Boquiabierta, la gente alza las cejas, mira a sus vecinos, pone aún más atención a las palabras que siguen brotando de las pantallas desde la Plaza de la Constitución hasta el Auditorio Nacional y no acaba de creer, de entender, o mejor dicho de digerir la propuesta. Pero cuando Andrés Manuel López Obrador añade que él también se va a quedar en el Zócalo hasta que el tribunal electoral acepte el recuento de todos los votos del 2 de julio, estalla un clamor de júbilo, pero también de alivio… Los más sorprendidos son los numerosos políticos de la vieja escuela que acompañan al candidato de la coalición Por el Bien de Todos en el templete. Menos de 24 horas atrás -el sábado en la tarde- muchos de ellos habían estado en la casa de campaña de la colonia Roma para tratar de convencerlo de impulsar medidas “radicales” como, por ejemplo, un boicot de consumo a los productos de las empresas que apoyaron la campaña de odio contra él. López Obrador los escuchaba sin soltar prenda. Como no podía ser de otro modo, sólo un puñado de ellos estaba en el secreto y preparando la logística para que las ideas se convirtieran de inmediato en realidad”.

Esa tarde mientras oscurecía comenzó a llover, pero ello no disipó la presencia del pueblo que como hormiguitas iba arribando y tomando posiciones en las calles de la ciudad, para aprestarse a defender la democracia con sus propios medios y escasos recursos. La lluvia refrescó y bañó las calles del centro viejo de la tensa calma que avizoraba nuevas tormentas y de ese olor a tierra mojada que sonaría a quimera. El pueblo compartiría unido día y noche las batallas para recuperar México del abismo con el personaje que de candidato presidencial se convertiría en dirigente histórico.

*Este texto forma parte de un trabajo más amplio que se denomina: Los años de la resistencia, que será publicado en esta columna por entregas.

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