Una vez que el plantón se instaló como motor y laboratorio de la resistencia civil y popular contra el fraude electoral, con la demanda del recuento total de los votos de la elección presidencial, desde el Zócalo hasta la Fuente de Petróleos, comenzaron a desatarse iniciativas de difusión e información para contrarrestar la enésima campaña de linchamiento mediático contra la legitima movilización democrática.

En los primeros días decenas, quizá cientos de brigadas acudieron a mercados, estaciones de Metro, paradas de autobús, plazas públicas y parques a informar la realidad del conflicto post electoral; así, el movimiento después del impase de la campaña electoral tradicional volvía a tomar y ganar la calle.

La primera parada en la medición de fuerzas contra el aparato de Estado fue el sábado 5 de agosto; fecha en que los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación definieron su postura ante la demanda formulada -incluso legalmente-, por la coalición Por el Bien de Todos, en el sentido de volver a contar los resultados de la elección presidencial, voto por voto y casilla por casilla.

Sin embargo, no hubo sorpresas, y los magistrados dieron portazo a la petición popular que iba en imparable ascenso de limpiar la elección. Como señaló en su editorial La Jornada, todo lo respondido se resumió en un “fallo insatisfactorio”, no solo para el movimiento sino ante los ojos de la Nación: “en su determinación de recontar los sufragios únicamente en el 9.07 por ciento de las casillas electorales instaladas en el país el pasado 2 de julio, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación se atuvo a la letra del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales y la Ley General del Sistema de Medios de Impugnación, pero dejó de lado preceptos constitucionales que establecen los principios de imparcialidad, objetividad y certeza en los comicios”, dijo el diario como posición de la empresa editorial ante los hechos.

Abrir solo el 9.07% de los paquetes electorales significaba una nueva argucia, una chicana que volvió a divorciar la justicia con la supuesta legalidad, y una afrenta al pueblo, que retornó desde todos los rincones de la ciudad al Zócalo, para en una asamblea popular responder a pregunta expresa de AMLO, casi al unisonó, casi en una misma voz que unificaba y ratificaba la rabia, que el plantón debía seguir, que debía quedarse bloqueado el corazón del país, y que debía mantenerse intacta la defensa de la democracia, que esta vez había topado con el muro infranqueable del Trife o Prife como se le llamaba también, institución decadente que más que resguardar la Constitución, era el reducto de la mafia política que se enseñoreaba en el golpe electoral.

Esa tarde después de la decisión del tribunal, López Obrador reflexionó ante la gente asistente a la asamblea vespertina: “los magistrados utilizaron un criterio estrecho y muy limitado; que les faltó, dicho con todo respeto, altura de miras. Su decisión es legalmente endeble, baste preguntar ¿con qué criterio el tribunal decide abrir sólo 11 mil 839 casillas con errores aritméticos cuando hay un total de 72 mil casillas con las mismas características? ¿Por qué sí abrir 9 por ciento de las casillas, y no el otro 62 por ciento que tienen los mismos errores y las mismas características?”; fueron estas palabras sendas consideraciones que encendieron el grito que cimbraba el laberinto del autoritarismo disfrazado de falsa legalidad: “voto por voto, casilla por casilla”, insistían todos con el puño al horizonte.

No fue casual que esa tarde entre la brisa de agosto y sus relámpagos en la lejanía, AMLO imprimiera un sello de las decisiones por venir en una frase: “El pueblo que quiere ser libre, lo será, Hidalgo enseñó que el poder de los reyes es demasiado débil, cuando gobiernan contra la voluntad de los pueblos”.

El domingo 6 de agosto la discusión interna sobre qué hacer ante la determinación del TEPJF fue intensa, comenzaron a identificarse dos bandos al interior del movimiento, los que pensaban en acciones “más radicales”, y los que señalaban que la lucha sería larga, que habría que dosificar esfuerzos, y no responder a la provocación de las instituciones facciosas, que, sin duda, harían todo por desesperar a la gente y de manera insidiosa querían lograr escenarios de violencia con sus decisiones. Se impuso la segunda perspectiva, aunque a lo largo de los días en plantón hubo amagos de acciones más “contundentes”, como “tomas de los aeropuertos”; en general se mantuvo siempre la voluntad firme pero llena de sabiduría para no caer en las múltiples trampas que le fueron tendiendo al obradorismo desde los sótanos del poder.

Por ello para enviar un mensaje claro al Tribunal, la asamblea vespertina del domingo 6 se trasladó a las afueras de su sede, que ya se había resguardado como un bunker a unos instantes de hacerse el anuncio, al estilo panista, con vallas y policías. Ahí AMLO expresó que el movimiento no aceptaría “el diezmo” de democracia, o de abrir solo un intrascendente porcentaje de paquetes electorales, pues además se tenía el dato de casi un millón de boletas perdidas o no cuantificadas en la jornada electoral, lo que reforzaba la legitimidad de abrir todos y cada uno de los paquetes.

A las voces que pedían ir en ese momento a tomar el Palacio Nacional y las cámaras, la actriz Jesusa Rodríguez, amainó los reclamos, y con cierto desparpajo e inteligencia que cambió el estrés por risas les dijo: ”¿Ya se pusieron a reflexionar? Podemos subirnos como hombres y mujeres araña a la Catedral, pero ¿qué implica todo eso?”

Intelectuales de gran prestigio como Carlos Montemayor expresaron ante la decisión del TEPJF: “En el México de 2006, aprender a ganar debería significar que el recuento de voto por voto sería la mejor manera de confirmar cuál fue verdaderamente el voto ciudadano. De lo contrario estaríamos obligando a los ciudadanos a creer que el que gana tiene que hacerlo como sea, sin demostrar hasta el último instante que ganó. También estaríamos proponiendo que el perdedor tiene que aprender a perder como sea, sin que le demuestren que efectivamente perdió”.

En tanto la cerrazón del tribunal remitía a un escenario donde nada conmovería al gobierno federal en su voluntad de consumar un fraude desde el poder, el plantón como laboratorio de una lucha histórica iba tomando forma; no era un espacio para atender solo la coyuntura, no significaba la fuerza de una marcha multitudinaria que al finalizar devolvía a la gente a sus casas, no, el hecho inédito era esta especie de huelga popular, de paréntesis, de intenso frenesí, de dormir y despertar luchando, de reír, llorar, comer del mismo plato, que reinauguró la sociedad civil del naciente siglo XXI entre el asfalto y los monumentos históricos que eran mudos testigos de decenas de hormigas solidarizándose desde abajo.

Ya se veía venir cual sería el papel del tribunal y de todas las instituciones facciosas, por ello López Obrador, dijo una frase que en ese momento pareció pasmosa, pero que habría de comprenderse, no días, no semanas, no meses, no años después, o quizá no ha terminado incluso de comprenderse, y quizá sigue vigente, en el corazón de los movimientos que despiertan conciencias: “Vamos a ir administrando toda nuestra fuerza, porque nos vamos a preparar para una lucha que posiblemente nos llevará más tiempo, pero que sin duda no será en vano”.

*Este texto forma parte de un trabajo más amplio que se denomina: Los años de la resistencia, que será publicado en esta columna por entregas.

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