El primer día de diciembre se vivió como una jornada de luto a pesar de la efervescencia. Recordar la mañana en que se consumó la usurpación de la presidencia de la república, justo el momento que culminó el golpe de Estado organizado por Vicente Fox con un Calderón entrando al Congreso por la puerta de atrás y saliendo como ladrón; mueve un cumulo de emociones que ese día quedaron sedimentadas en nuestra conciencia: rabia, indignación, tristeza, desesperanza, enojo; todas ellas flotaban en el ambiente y se expresaron en cientos de carteles y mensajes que la gente en el zócalo sentía la necesidad de manifestar, de gritar, y así dejar constancia de lo que era un sentimiento colectivo de despojo.

La crónica del 1 de diciembre de 2006 de Jaime Avilés logró captar ese pesar multitudinario de los miles que marchamos esa mañana por cumplir el acuerdo de la Convención Nacional Democrática, pero sobretodo, para expresar nuestro repudio a lo descarado del atraco cometido; todos nos sentíamos despojados de la ilusión que había crecido en la campaña, que se desbordó con los primeros recuentos de votos y que logró mantenerse en los casi dos meses del plantón que ocupó el mismo Paseo de la Reforma por el que se marchaba una vez más. Pero esa mañana, al término del mitin en las rejas de Chapultepec, vigilados por miles de policías, granaderos y soldados que resguardaron el Auditorio, a la gente solo nos quedó un sentimiento de soledad para volver de la mano de la traiteza a casa.[1]

Con la desazón que implicaba el inicio del espuriato, también llegó la advertencia de lo que vendría para la presidencia legítima y todos sus delegados y simpatizantes: las burlas, la estigmatización, la diatriba, la crítica malintencionada, la andanada de insultos y de calumnias por parte de quienes se sentían impunes en su delito, o de quienes solo veían la derrota electoral de un movimiento popular como reafirmación de su propio individualismo.

Cumplir el acuerdo de abolir el régimen de corrupción y construir una nueva república fue una tarea que comenzó casi de inmediato para Andrés Manuel López Obrador, pues para enero de 2007 ya despachaba en la ciudad de México como presidente legítimo durante media semana, y de jueves a domingo emprendió una de las jornadas más arduas para un político en activo, al visitar todas y cada una de las 2,038 cabeceras municipales en todo el país. A pesar de tener ya visitadas las principales ciudades y regiones de México durante la campaña del 2006, un esfuerzo así resulto inédito para el presidente legítimo por las duras condiciones en que se emprendió este periplo nacional.

Lejano a los reflectores y la atención mediática de las campañas electorales, en este recorrido López Obrador fue al encuentro de esas otras soledades que ni siquiera habían podido reunirse y marchar ese 1 de diciembre. Pueblos de cada rincón de este país que había sido marginados por décadas del “desarrollo”, eufemismo preferido para referirse a la ganancia capitalista; pueblos que eran el lugar de origen de los miles de mexicanos ausentes por trabajar en los Estados Unidos, o pueblos que solamente eran utilizados como fuentes de recursos naturales para ser extraídos dejando solo desechos y conflictos a sus habitantes.

Así al cabo de más de 2 años el presidente legítimo, logró completar un recorrido que es difícil de emular para cualquier servidor público del pasado o del presente; un viaje donde no solo reafirmó sus convicciones sociales y principios morales, sino que lo ayudó a terminar de templar su ética repúblicana y desarrollar una pedagogía política basada en el escucha y el dialogo circular con la gente.

Con las cinco partes del texto El país desde abajo. Apuntes de mi gira por México, publicadas durante la primer semana de marzo de 2009 en el diario La Jornada[2]; se fue definiendo un programa de gobierno que el mismo AMLO en ese momento afirmó que no podría venir de la improvisación o el voluntarismo, sino de conocer directamente cuales eran las causas de los grandes problemas nacionales que atravesaban al país.

Si es un lugar común para cualquier esfuerzo de intervención social partir de la elaboración de un diagnóstico, este viaje no le permitió al presidente legítimo quedarse en las respuestas ya conocidas, sino afinar una capacidad poco valorada por la hiperespecialización que se nos impone en este tiempo, y es que la capacidad de mirar la realidad como una totalidad, es lo que permite establecer relaciones entre regiones y personas tan distintas como las que habitan en una territorio inmenso como el de México.

No se trató de encontrar una única causa para todos los males, pero sin desentrañar en el campo cuál es el factor común que ha permitido el saqueo y la explotación de las grandes mayorías: la reproducción de una República simulada como fachada para proteger los intereses de una oligarquía transexenal que había tomado las elecciones como el medio para legitimar su esquema de saqueo de los bienes públicos. En la diferencia de paisajes y de caracteres que fue encontrando entre los habitantes del norte, el centro y el sur de México, fueron apareciendo los patrones recurrentes con que las elites locales forman parte del gran tinglado que reproduce la desigualdad desde las instituciones públicas, beneficiando solo intereses particulares.

Aquí la paradoja del país rico con pueblo pobre, se fue desentrañando en la experiencia concreta de las personas que algunas veces, en forma de reclamo o de desaire, reproducían la convicción ideológica de que “los pobres lo son porque quieren”. Escucharlos a ellos, también fue clave para entender cómo se reproducía el sistema de dominación neoliberal, sin condenar de manera simplista a quien “vende su voto” por necesidad, y comprobar que no bastaba solo un cambio de gobierno para la transformación, sino proponer algo más profundo como es una revolución de las conciencias.

La contrastante geografía de México, pero sobretodo la contrastante desigualdad de pueblos de campesinos, comerciantes, artesanos y pescadores viviendo en la miseria, en medio de grandes recursos naturales; quienes solo tenía como opción la migración o el crimen organizado, fueron las pautas reales para diseñar programas que se definieron en esta larga gira, y no los mandatos de agencias internacionales. Ser testigo de los estragos que la política económica neoliberal había provocado en todas las regiones del país, fue el diagnostico necesario para saber que era necesario transformar.

De este conocimiento directo de la realidad surgieron los programas de apoyo para los jóvenes que deciden trabajar o estudiar en su lugar de origen, para que los campesinos tuvieran incentivos para no abandonar sus tierras, o para aliviar las condiciones de vida de adultos mayores y jóvenes madres que no habían recibido más que olvido y desprecio de su patria.

En esta larguísima gira López Obrador llevo él mismo a la práctica la tarea de elaborar un texto básico para definir estrategias, objetivos y metas; así se preparaba para cumplir una convicción colectiva, al mismo tiempo que se iniciaba la más atroz descomposición criminal provocada desde la presidencia sangrienta de Calderón.

Unos meses después emprendería la visita a los municipios de usos y costumbre oaxaqueños, una doble jornada en la que el presidente llevó a la práctica esa convicción con que regresamos a casa esa fría mañana de diciembre: no está, ni estamos solos. 

[1] Jaime Áviles. Jornada agridulce para el pacífico movimiento civil lopezobradorista

https://www.jornada.com.mx/2006/12/02/index.php?section=politica&article=013n1pol

[2] https://www.jornada.com.mx/2009/03/09/opinion/018a1pol

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