Con el triunfo salinista en las elecciones federales intermedias que legitimó la hegemonía priísta se detonó entre 1991 y 1993 la consolidación del modelo neoliberal a la mexicana, ese capitalismo de compadres donde Carlos Salinas entregó diversas empresas y concesiones a sus amigos y edificó con campañas mediáticas y asistencialistas vendiendo el espejismo de que México llegaba al “primer mundo” y la modernidad. Esta ficción si bien estuvo fundada en medidas económicas enunciadas como neoliberalismo social tenía en realidad bases huecas y frágiles, como confirma el amplio balance que aquí citaremos, del Barcelona Centre For International Affairs:

1. El PIB mexicano creció en el primer cuatrienio de la administración de Salinas un promedio anual del 3.2%. En 1993 la tasa marcó sólo el 0.4%, en parte debido a una actuación del Gobierno para impedir el recalentamiento de la economía, pero en 1994 recuperó la pauta anterior. La inflación marcó en 1989 el 19.7%, en 1990 remontó hasta el 30% y en lo sucesivo descendió progresivamente hasta el 7.1% registrado en 1994, índice sin parangón en 22 años. En este comportamiento positivo fue instrumental la entrada en vigor, el 1 de enero de 1993, del nuevo peso, que restó tres ceros a la divisa homónima precedente y que cotizó al tipo fijo de 3.3 unidades por dólar más una banda de fluctuación.

  1. Pero los logros en las luchas contra la inflación y el déficit de las finanzas públicas (en 1992 el salinismo puso fin a este endémico descubierto por la vía de emitir deuda pública y obtuvo un espectacular superávit del 3.4%) se cobraron grandes sacrificios de la población, sobre todo la disminución sistemática del poder adquisitivo de las clases medias y bajas. Para compensar los bajos salarios, la reforma del ejido y la supresión de multitud de intervenciones proteccionistas y asistenciales, el Estado puso en marcha el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), que, financiado con el producto de las privatizaciones, invirtió 18.000 millones de dólares en infraestructuras de comunicaciones, servicios sociales, vivienda subvencionada, becas de estudios y otras ayudas, si bien la oposición no dejó de observar en tal programa la última campaña de proselitismo y clientelismo del PRI, que afrontaba preocupado las próximas citas electorales. Otro capítulo en el que el Gobierno Federal tuvo actuaciones señaladas fue el medioambiental, con medidas contra la contaminación atmosférica y la degradación urbana en la megalópolis del DF.

  1. En los momentos de mayor optimismo del sexenio salinista por la constatación de un “nuevo milagro económico mexicano varios analistas coincidieron en advertir que el crecimiento se estaba apoyando sobre bases huecas, ya que la mayoría de los capitales privados estaban siendo invertidos, no en actividades productivas y generadoras de riqueza estructural, sino en fórmulas de riesgo financiero pero con alta rentabilidad así como en instrumentos de deuda pública como los tesobonos (que garantizaban los pagos en dólares en vez de pesos), creando una peligrosa burbuja especulativa. Así, en 1992, más de la mitad de los 60.000 millones de dólares en capital foráneo estaba invertida en la bolsa de valores”.

En su diagnóstico del periodo, el documento revisa los cuatro principales aspectos del programa salinista. Un esquema muy aplaudido por el PAN que veía sus banderas ideológicas como el verdadero plan del gobierno espurio, y rechazado por el PRD, que apostaba todo a la figura de Cuauhtémoc Cárdenas pero no lograba comunicar masivamente a ras de tierra el castillo de naipes que implicaba el neoliberalismo social.

Los aspectos que se convirtieron en pilares del andamiaje neoliberal salinista fueron: las privatizaciones; las reformas constitucionales (principalmente al artículo 27); los preparativos para iniciar el TLC con EEUU y Canadá; y algo poco referido pero no menor: la nueva relación Estado- Iglesias y la fundación del nuevo duopolio televisivo privado.

Citamos nuevamente el balance del Barcelona Centre For International Affairs:

“Al final del mandato de Salinas, más del 90% del parque empresarial del país tenía dueños privados, quedando como únicas excepciones relevantes la Comisión Federal de electricidad (CFE) y el emblemático monopolio Pemex, el cual, no obstante, tampoco salió indemne de la avalancha de liberalizaciones, ya que, a través de la Ley Orgánica de Petróleos Mexicanos y Organismos Subsidiarios (julio de 1992), empezó a estructurarse como holding corporativo, asumiendo criterios de eficiencia y racionalidad, dotándose de una estructura divisional (las subsidiarias de Exploración y Producción, de Refinación, de Gas y Petroquímica Básica, y de Petroquímica) y abriéndose a la inversión privada extranjera según el esquema de franquicias.

“El segundo florón del “liberalismo social” pregonado por Salinas fue la modificación, en diciembre de 1991, del régimen minifundista del ejido, perpetuado como la principal conquista social de la Revolución pero que, según el Gobierno, dificultaba la mecanización y la capitalización del agro mexicano por la reducida extensión de las parcelas comunitarias. La enmienda del Artículo 27 de la Constitución suprimió el marco jurídico de la reforma agraria realizada en el período cardenista, poniendo fin al reparto de terrenos, convirtiendo a los tres millones de ejidatarios en propietarios formales y autorizando a las sociedades con capital privado la adquisición, reventa o arriendo de los ejidales con determinados límites de superficie. En círculos izquierdistas no hubo ambages en hablar de verdadera “contrarreforma agraria”.

“En tercer lugar, Salinas inauguró un nuevo concepto del crecimiento económico nacional que orientaba la producción hacia fuera, a la exportación, en detrimento de la industrialización. En la liberalización comercial, en el desarme arancelario a gran escala, iba a fundar, pues, México, sus perspectivas de progreso, y en primer lugar, el presidente apostó duro por la inclusión de México en el área de libre comercio ultimada por Canadá y Estados Unidos, país que por sí solo concentraba el 73% de todos los intercambios de México con el exterior.

Mediante la reforma de cinco artículos de la Constitución y la promulgación de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, de las relaciones con la Iglesia (o las iglesias, no sólo la católica), que fue reconocida como sujeto jurídico y vio restituidos los bienes raíces que le habían sido expropiados. Una vez transformado el marco legal, México estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede el 21 de septiembre de 1992. Con este cambio histórico, que zanjó una situación arrastrada desde la sangrienta guerra cristera de 1926-1929, el Estado mexicano mutó su anticlericalismo y su agnosticismo militante por una definición de a confesionalidad que salvaguardaba la libertad de cultos y, con algunas condiciones, la enseñanza a cargo de las congregaciones religiosas”.

“Trabajando Manuel trabajando… nos unimos en Solidaridad y nos dieron créditos…” dice un supuesto campesino que aparecía una y otra vez en la pantalla chica en los comerciales del programa estrella Solidaridad, de acuerdo al guión salinista se abatía la migración del campo.

Salinas dijo en 1993: “El TLC es un acuerdo que reduce la migración, porque así es como tendremos la posibilidad de dar a los mexicanos oportunidades en México y no tendrán que emigrar hacia el norte para encontrar estas oportunidades”. Los datos desenmascararon la promesa. “A partir de 1994, tras la firma del TLCAN, la población migratoria de México a Estados Unidos se incrementó en niveles históricos. El periodo entre 1995 y 2000 fue el que registró mayor población mexicana sin documentos residiendo en Estados Unidos. En esos años, esa población aumentó 53%, pues en 1995 residían 2 millones 900 mil mexicanos sin documentos y en el año 2000 esta cifra aumentó a 4 millones 450 mil. Según José María Ramos, profesor investigador del Colegio de la Frontera Norte (Colef), ese aumento en la migración se debió a factores de oferta y demanda en el sector agrícola, y por las grandes diferencias salariales entre Estados Unidos y México. (Avila, 2018)

En el trasfondo de la parafernalia salinista trasmitida por TV se cocinaba un desastre. Mientras el presidente espurio consentía al PAN, a la oposición perredista la satanizaban en los medios, “son intransigentes y violentos” se decía, y es celebre la frase del mandatario en su sexto informe que sintetizó su postura ante el neocardenismo: “ni los veo, ni los oigo”. 300 perredistas fueron asesinados durante el sexenio.

La pantalla chica que en los ochenta y noventa se consolidó en fiel sostén del régimen priista, pues 95% de la ciudadanía se informaba de los asuntos públicos por televisión.

El gobierno federal detalló su estrategia mediática -ante la ineficacia del cerrojo informativo- y en consonancia con la tesis difundida a nivel internacional de “modernizar a México” para llevarlo al “Primer Mundo”, otorgó a diferentes miembros de la oligarquía concesiones en Televisión y Radio, y vendió en el exterior la idea de que en México los medios se democratizaban, al tiempo que dio espacios estratégicos a grupos de la intelectualidad quienes ahora podían experimentar la pluralidad.

Comenzó entonces a gestarse el proceso de conformación del duopolio privado televisivo, la cadena nacional INMEVISIÓN se convirtió en TV Azteca –a cuyos dueños Raúl Salinas de Gortari prácticamente regaló la concesión, y por su parte Televisa en compensación logró nuevas concesiones dado que en adelante enfrentaría “la competencia” de otra cadena privada.

Luego de dos años completos de preparación de pliegos, plan de negocios y ofertas, la oferta final se concreta el día 16 de julio de 1993 y el grupo de Ricardo Salinas Pliego logra el primer lugar adjudicándose la emisora. Poco tiempo después, el 2 de agosto toman en su control las viejas instalaciones del canal estatal y comienzan sus actividades. Allí nace formalmente la empresa TV Azteca.

Una vez establecido el duopolio, la estrategia del poder desde entonces básicamente ha sido: no simplemente la de ocultar o censurar -para que acallarlo si se cuentan con los medios para desprestigiarlo-, sino la manipulación de la opinión pública a través de: la editorialización de la nota, los comentarios mordaces al pie de la noticia, la exaltación del morbo, el amarillismo, los gestos del locutor ante tal noticia o hecho político, y otras artimañas para pervertir cotidianamente el derecho de los ciudadanos a una información veraz y objetiva.

Escribió Luis Linares Zapata en La Jornada en enero de 2008:

“Hace ya algo de tiempo, la sucia llegada al poder de Carlos Salinas fue un irresistible imán para un conjunto de ciudadanos, todos con creciente acceso a los medios de comunicación masiva. Intelectuales de prestigio, conductores de programas, locutores, críticos especializados, columnistas a la antigua usanza y académicos de incipiente influencia fueron seducidos por una presidencia que entrevieron pletórica de juventud, inteligencia y ambiciones. La parafernalia que circunda al poder concentrado desparramó sus atractivos por doquier. A su conjuro acudieron muchos voluntarios de la nueva fe interesada. Unos para formular consejos. Otros sugirieron ideas atractivas que luego fueron usadas para legitimar al espurio, pero todos celebraron con furor las reformas introducidas a golpes de concertacesiones. Los más atrevidos disfrazaron, en lo que pudieron, la inmensa corrupción que envolvió a la administración salinista y trazaron rutas alternas para su prolongación autoritaria una vez que la estirpe del líder cayó en desgracia. Fueron, para decirlo con una frase ya consagrada entre la plebe, los agentes de inteligencia y propaganda, orgánicos al régimen en boga.

En ese infausto periodo se consolidaron las cadenas de radio, así como las dos grandes televisoras comerciales. Así, el aparato de comunicación de la República quedó en manos de un cómodo grupito de concesionarios. Todos ganadores en la rifa del tráfico de influencias y las complicidades manifiestas que distinguieron al salinato. Por encima de este circuito, pero con mayores consecuencias para el desarrollo del país, se completaron los que serían los grandes grupos empresariales del México moderno prometido. Un entramado de poder que tiene apergollada a la nación y no permite su crecimiento ni la apertura de horizontes para la gran masa de ciudadanos. El mismo que impidió la llegada de un modelo alternativo de gobierno. Uno que apuntaba a ser más justo y con oportunidades para las mayorías.”

Mientras esto ocurre en el país, “en Villahermosa, Cabal Peniche emprende la construcción de una megatorre de negocios. Gurría “se enferma” y, desde la presidencia estatal del PRI, Madrazo toma las riendas de los asuntos públicos. Pero si a la sombra de Neme la corrupción fue mayúscula, ahora con Madrazo se desborda entre 1992 y 1994.

En esa etapa sin ningún acceso a la televisión, Andrés Manuel López Obrador sigue evidenciando la farsa salinista, pero no en pulpitos mediáticos sino a ras de las comunidades, donde no solo no se resolvían los problemas sociales y económicos sino se agravaban, y el movimiento toma un cariz social de condensar y plantear las reivindicaciones del pueblo.

Las próximas elecciones para gobernador habrían de ser una segunda oportunidad para el movimiento obradorista, pero entre 1991 y 1993 ni en sus peores pesadillas hubieran imaginado lo que AMLO ya vaticinaba desde el sureste: la modernidad del salinismo era un mito. 1994 habría de volver a todos a la realidad

*Este texto forma parte de un trabajo más amplio que se denomina: Los años de la resistencia, que será publicado en esta columna por entregas.

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