Por JHAD

Mucha gente pensó que el COVID-19, era un invento del gobierno para tener un control más estricto de los seres humanos que vivimos en el país.

Bajo esa lógica, pocos tomaron en serio las recomendaciones que emitieron las autoridades sanitarias. La Jornada de Sana Distancia no fue respetada y las consecuencias no tardaron en llegar.

Sonia vivía en la colonia Moctezuma. Ferviente religiosa, en semana santa quiso preparar una comida especial para el sábado de Gloria. Alentada por su marido decidieron acudir al mercado de la Viga para comprar lo necesario.

Convencida de que el virus no existía, Sonia recorrió todo el sitio hasta llenar su bolsa del mandado. Su esposo, quien la espero en el estacionamiento, la vio llegar y listos emprendieron el regreso a casa. 

Satisfecha de regresar con bien a su hogar, Sonia minimizó el riesgo y siempre se lo expresó a sus dos hijos. “Ese virus no existe. Es un invento”. Todos en la familia aceptaron lo dicho por la mujer de 54 años de edad. Y la vida siguió.

El sábado comieron muy bien. Sus hijos salieron a visitar a sus respectivas novias. Al regreso, un cafecito y un pan de dulce los esperaban en la mesa. Sonia y su esposo, nunca imaginaron que lo peor estaba por llegar.

Tras una semana de mucha actividad en la casa. Sonia se pasaba el día entero realizando sus labores cotidianas, incluyendo sus constantes salidas al mercado y a la tienda más cercana.

El lunes siguiente, Sonia se sentía muy cansada. La garganta le ardía más fuerte que en otras ocasiones. Una molesta fiebre se apoderó de su cuerpo. Se lo comentó al esposo y éste salió a la farmacia a comprar un paracetamol para que le controlara las molestias. Sonia durmió mejor.

Dos días después Sonia ya no podía respirar. Su rostro comenzó a tomar un color azul, sus labios se tornaron morados. Su esposo y sus hijos se espantaron.

Un amigo de sus hijos que es doctor, le sugirió que la llevaran a la cruz roja en Balbuena. 

El marido y sus hijos la subieron al coche como pudieron. Sonia se veía muy mal. Estaba grave.

Llegaron al hospital y tras un intercambio de palabras con los vigilantes, la ingresaron. -Nadie puede pasar. Nosotros les daremos informes en un rato más- señaló un médico.

La noche cayó pesada y oscura cuando le avisaron a los familiares que Sonia estaba intubada y que las esperanzas de sobrevivir eran pocas. Las lágrimas de los hijos y de su esposo no fueron suficientes para calmar el dolor que eso representaba.

Fue en la madrugada del miércoles cuando llegó la fatal noticia. Sonia había fallecido contagiada por el COVID-19. El cadáver tuvo que ser incinerado de inmediato. No hubo tiempo de despedirse. 

Sonia volvió a su casa en una caja de madera muy pequeña. Su esposo llora desconsolado. Sus hijos aún sorprendidos, no creen que su madre haya muerto de ese maldito virus. 

Han pasado ocho días de la partida de Sonia. Su esposo, tiene una tos muy fuerte, sus dos hijos han presentado fiebres muy altas y los tres aún siguen saliendo a la calle, al mercado, a la farmacia y a la tienda porque dicen que ese pinche virus no existe…

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