Al señor presidente Andrés Manuel López Obrador no le gustan  las críticas. Tiene la piel muy delgada. Si no hablan bien de él, nada vale. Su narcisismo es delirante.

Acostumbrado a fustigar al poder desde sus inicios como político, hoy que lo tiene en sus manos, desconoce a los que, como él lo hizo en el pasado, son críticos permanentes de su gestión presidencial.

A casi dos años de su triunfo histórico, el primer mandatario parece no entender que por naturaleza, la figura de autoridad se convierte en el foco máximo de atención, donde lo bueno o lo malo de sus acciones se magnifica.

Él no puede ser la excepción, aunque en su lógica, su egocentrismo le hace pensar que es perfecto. Que no comete errores y que su palabra es dogma.

Quien ose criticarlo está destinado al infierno, a la hoguera y al linchamiento público. Porque a él no se le critica, se le aplaude. Y en este nuevo escenario, donde el dueño del poder absoluto es Andrés Manuel López Obrador, o estás con él o estás en contra de él, no hay términos medios.

Este maniqueísmo político ha provocado una crispación social en todos los niveles. Los  aduladores, seguidores y apasionados defensores del tabasqueño, apoyan las causas obradoristas, sin asomo de crítica y mucho menos con análisis profundos y serios.

Mientras que del otro lado, los opositores  buscan cualquier resquicio para atacarlo, sea por las buenas o por las malas, logrando provocar la ira presidencial  y la de sus seguidores.

Y en esa guerra de buenos contra malos, queda atrapada la sociedad pensante y analítica. Esa sociedad que sirve, que trabaja, que da lo mejor de sí, para que México sea un país próspero y  productivo.

Esa sociedad que no tiene tiempo de politizar, pero que tal vez sea la más valiosa y  a la que pocos toman en cuenta. Principalmente los políticos.

Esa sociedad que sostiene al país con su empuje, es testigo silencioso de la guerra entre bandos y bandas, donde nadie da tregua y todos quieren imponer su voluntad.

Y es aquí, donde se extraña al presidente estadista. El que gobierna para todos y no solamente para sus seguidores. Se extraña al hombre que entienda que dirigir a un país de 130 millones, es cosa seria y no de ocurrencias.

Se extraña al hombre que acepte sus limitaciones y que acepte que no es perfecto y cuya virtud principal sea la búsqueda del bien común de sus gobernados.

El honor de ser presidente es una gran responsabilidad. No incluye insultos, ni revanchas, ni burlas. Es trabajar para todos y no para unos cuantos. Requiere transparencia, tolerancia y autocrítica.

Nadie gana en esta lucha de egos entre buenos y malos, Donde los eternos pleitos llenos  de desacreditaciones, de filtraciones y mentiras son lo común, lo de todos los días.

Mientras desde el púlpito presidencial se pierda el tiempo atacando, injuriando y dividiendo, que a nadie le extrañe que las campañas negativas en contra del primer mandatario y de su gente cercana, aumenten y polaricen aún más al país.

En este toma y daca político, todos salimos afectados. Si la confrontación no cesa, las agresiones serán cada vez mayores entre todos los sectores de la sociedad y el caos será incontrolable.

Si el presidente agrede, se burla y menosprecia a sus detractores, esos mismos personajes estarán esperando el momento oportuno de agredirlo, burlarse y menospreciarlo, es decir, ojo por ojo y diente por diente. Y en esa dinámica todos perdemos.

Por la investidura, le correspondería al jefe del ejecutivo cambiar sus formas. Respetar y conducir un país con calidad y responsabilidad. Si no lo hace, que no se queje de los golpes que le atizan, y que ¡aguante vara!…

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