LA TRIBUNA

La libertad de expresión es un derecho universal. Todo aquel individuo tiene el derecho a expresar su opinión sobre el tema que le interese. En pláticas familiares, con amigos, en redes sociales, todos externamos nuestras posiciones.

Sin embargo, aun y cuando todas las opiniones son y deben ser respetadas, lo cierto es que dentro de este universo de expresiones, hay algunas que están debidamente acreditadas (es especial por su área del conocimiento en que se encuentran especializadas, como la medicina, ingeniería o biología), y una más por la posición que tienen y que les implica una profunda responsabilidad, tal es el caso de las autoridades.

Todas, absolutamente todas las voces son respetada y valiosas. Pero ciertamente no tiene el mismo alcance y repercusión una opinión de cualquier ciudadano al de un presidente o un alto funcionario, como el caso del subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell. ¿La razón? Simple, ser autoridad y al mismo tiempo líder de una sociedad implica una profunda responsabilidad. Dirían por ahí, un gran poder implica una gran responsabilidad.

López Gatell, médico epidemiólogo y quien ha delineado en buena parte (ni siquiera el titular de la Secretaría), la estrategia de México para enfrentar la crisis sanitaria más importante de los últimos 100 años en todo el planeta, tal vez tenga las credenciales profesionales para opinar sobre medicina, sin embargo, su credibilidad y ética quedan entredicho por un simple (pero importante) pedazo de tela: El cubrebocas.

Un pequeño pedazo de tela de 15 centímetros de largo ha exhibido las imitaciones del funcionario que cuenta con una maestría y posdoctorado. Al inicio de la pandemia, el subsecretario cuestionó la efectividad del cubrebocas, luego, al paso de los meses (cuando el número de muertes por COVID19 superó los 60 mil en México), dijo que si, que efectivamente ayudada a reducir riesgos y se puso el cubrebocas, pero después ya no. En fin. Sobre decir que el subsecretario es quien le ha dicho al presidente de la República, López Obrador, que el cubrebocas no era necesario.

Y por si no fuera suficiente, ahora, con una ética y credibilidad totalmente cuestionada, el subsecretario descalifica a instituciones internacionales de investigación debidamente (ellas sí), acreditadas en el ramo, al acusarlas de practicar de “seudo ciencia”. El funcionario ha desestimado estudios realizados por institutos del Reino Unido, por ejemplo, que sostienen que los vaporizadores son 95 % menos dañinos que los cigarros de tabaco y que por ello, el gobierno de ese país ha incorporado a esos dispositivos electrónicos como parte de su estrategia para combatir el tabaquismo.

El controvertido subsecretario afirma que “hoy han aparecido nuevos protagonistas de la vida del tabaco, nuevos protagonistas que, sin una base científica, quisiera posicionarse como alternativas en la práctica de la sensación y de la reducción de riesgos”.

Con un saldo de casi 100 mil muertos y con la gran posibilidad de que el COVID19 se coloque como la principal causa de muerte de los mexicanos en este 2020 (muy por arriba de los 30 mil que podría dejar la inseguridad este año), la credibilidad de López-Gatell no tiene respaldo alguno. No por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. ¡¡Ah pequeño trozo de tela!!

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