LA TRIBUNA

Por María Luisa Prado

En los tres últimos meses en la que he estado confinada, he notado que mis emociones van muy de la mano de mi ciclo hormonal. A veces me choca porque es muy molesto y ni modo, no me queda otra que aguantar.

En ocasiones, cansada de tanto encierro, me la paso durmiendo. Ya me cansaron las declaraciones y las contradicciones de todos los funcionarios. Mejor me entrego a Morfeo y así no me clavo tanto con esta pandemia.

Ahora prefiero escuchar música y me relajó, aunque me divierto mucho más cuando pongo el karaoke e interpreto a Rocío Durcal, a Jenny Rivera y a Margarita la de la Sonora Dinamita. Es mi gusto culposo.

El domingo hablé con mi novio. Lo extraño pero no tengo ganas de verlo. No quiero arriesgarme. Además nos hacía mucha falta una sana distancia.

Justo cuando charlaba con él, me puse a revisar los apuntes que sobrevivieron en mi cuaderno de notas y por lo que escribí, me di cuenta de que mi estado de humor cambiaba por semana. Por eso les cuento lo que les cuento.

Por ejemplo, en uno de mis apuntes leí que estaba la triste al imaginar el dolor de la familia de las personas que han muerto por el coronavirus. Recuerdo que me la pasé llorando casi dos días seguidos. Ni el ejercicio, ni el karaoke me consolaron. Me dolía la cabeza y solo quería estar dormida.

Después seguí hojeando mi libreta y describí otra emoción diferente a la tristeza, en esta ocasión me sentí más filosófica y puse a la pandemia y a los muertos en manos de un ser superior. Comprendí que así era y es la vida y hay que aceptarla.

Mientras mi novio me hablaba, yo la verdad ni le hacía caso. Estaba más entretenida con mis notitas. Solo le daba el avión. Me entró más curiosidad para seguir leyendo mis notas y continué.

En uno de mis textos, expresaba unas ganas tremendas de ayudar a la familia de los enfermos. Sentía ganas de convertirme en enfermera o doctora para ir a enfrentar con mucha determinación a ese bicho asqueroso. No dormía mucho. Estaba dispuesta a renunciar a mi encierro para salir a cooperar con los afectados por la pandemia.

Ante tantos cambios, pensé que estaba loca. Pero ese sentimiento se terminó pronto.

Justo hoy que estoy terminando esta historia, me siento fuerte, contenta. Quiero seguir ayudando desde mi trinchera. Tengo mucha fe en que todo pasará. Soy solidaria con el dolor de los enfermos. Soy agradecida con la vida. Me siento contenta pero soy empática al dolor de la gente. Sé que todo pasa por algo   y tengo la esperanza que algo bueno sucederá después de esta pandemia. Es decir, he aceptado la realidad tal cual es.

De nuevo, tuve una sensación distinta. Esta vez más tranquila y serena ante los embates del COVID-19.

Como no me gusta quedarme con dudas. Mi comportamiento me llamó la atención y quise comprobar la teoría de la relación de mis berrinches, con mi ciclo hormonal.

Entonces que me puse a investigar sobre mis cambios y por fortuna encontré un texto que me explicó muy bien todo lo que siento mensualmente, y la verdad, comprendí muchas cosas de mi comportamiento.

De entrada entendí que no estoy loca. Simplemente mi cuerpo sabio tuvo un hermoso cambio de estación. Así de simple y de sencillo.

En el escrito se habla de nuestros ciclos hormonales que evidentemente, definen nuestras emociones del momento. Le llaman las cuatro diosas de la mujer, la energía sagrada de nuestro ciclo. Un gran título y un gran aprendizaje.

Ahora entiendo por qué estaba tan triste, por qué me valió, por qué me resigne y al final por qué lo acepté todo, con respecto a la presencia de un bicho asqueroso.

La semana próxima volveré a llorar y así…

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