*Por Frida López Rodríguez

@FridaLopRod

La democracia en Estados Unidos está en crisis y el papel de los medios lo ha hecho evidente: la censura realizada por las televisoras al todavía presidente en funciones Donald Trump es una afrenta a la ciudadanía y a todos los espectadores alrededor del mundo. La censura fue en tiempo real, poco importó la legitimidad del presidente republicano quien cuenta provisionalmente con alrededor de 71 millones de votos. En perfecta sintonía, las televisoras decidieron por millones de habitantes y observadores, recordándonos la advertencia realizada por George Orwell: “En todas las épocas existe una ortodoxia, un corpus de ideas que se da por hecho que cualquier persona razonable aceptará sin rechistar. No es que esté realmente prohibido decir esto, aquello o lo de más allá, sino que simplemente no se hace”.

La censura y la manipulación ideológica son las principales armas de la política del espectáculo, y en estos momentos dicha política en Estados Unidos tiene dos grandes objetivos: silenciar a la mitad de la población que simpatiza con el partido republicano, afinidad que no puede menospreciarse porque hablamos de millones de mujeres y hombres que confiaron en la democracia. Y el otro gran objetivo es aminorar la crisis política del país del norte con el uso estratégico de las “causas políticamente correctas”, explotadas por el partido demócrata para imponer “civilizadamente” a su candidato.

Esta gran división en Estados Unidos no puede comprenderse únicamente como resultado de la “polarización electoral”, es un fenómeno mucho más complejo, consecuencia del resquebrajamiento del régimen neoliberal. Y como todo tipo de régimen creó sus propios mecanismos de legitimación ideológica, entre los más notables las televisoras y las redes sociales, cuya decadencia ha quedado al descubierto. La nación que encabezó el neoliberalismo ya no se reconoce a sí misma: la época del consenso ha terminado, ahora Estados Unidos se enfrentará a las consecuencias de haber mantenido por décadas una ortodoxia que hoy ya no puede sostenerse más.

Geopolíticamente, en nuestro país se desarrolla el mismo fenómeno de ruptura y agotamiento del neoliberalismo, no obstante, la legitimidad del gobierno actual permite sentar las bases para un proyecto distinto. No es casual que la mayoría de los periódicos, igualmente en perfecta sintonía, comenzaran a atacar la herramienta de expresión del presidente López Obrador: las conferencias mañaneras. Incluso, estos medios llegaron a admitir la necesidad de la “censura selectiva” por el bien de los ciudadanos. Además, mediáticamente se dio inicio a una estrategia para obligar a López Obrador a reconocer al aún candidato Joe Biden; reduciendo nuestro principio de soberanía y al proceso democrático de los Estados Unidos a un espectáculo avalado por las mentes más “liberales y progresistas” de ambos países.

A partir de este momento, cada una de las naciones se enfrentará a una manipulación absurda liderada por el aparato mediático de los Estados Unidos: todo aquel que no reconozca el proyecto demócrata liderado por Joe Biden será considerado anacrónico, antidemocrático, antiprogresista, antiliberal y populista. Esta forma de ver el mundo resulta maniquea, insensata y caricaturesca, dependerá de los diversos países frenar tal imposición ideológica con proyectos culturales, educativos y de comunicación a la altura de las circunstancias. De no hacerlo, se corre el riesgo de que se concrete la censura a nivel global y se fortalezcan los mecanismos de legitimación del neoliberalismo.

*Tesista de la Licenciatura en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Integrante del Consejo Consultivo de Jóvenes de Cultura UNAM  y del Consejo Editorial de la Revista de la Universidad. Fue representante estudiantil en el Consejo Académico del Área de las Humanidades y las Artes de la UNAM de 2016 a 2018.  

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