El 10 de diciembre de 2005 ante un Zócalo lleno, Andrés Manuel López Obrador tomó protesta como candidato a la Presidencia de la República de la alianza Por el bien de todos (PRD, PT y Convergencia), e informó del inicio de su campaña el 19 de enero en Metlatónoc, Guerrero, el municipio en ese entonces más pobre de México. Con lo que volvería a recorrer todo el país, como lo hizo cuando fue candidato a la presidencia del CEN del PRD. Se respiraba tensa calma en la plaza mayor del país, las cúpulas partidistas habían retomado el control del proceso político, y el fin de año había enfriado los ánimos del movimiento en su sentido más amplio. Contra la opinión de algunos, la campaña parecía diseñarse en esquemas tradicionales, porque además los dirigentes partidistas de la alianza izquierdista ponderaban que también estaba en disputa mantener para el PRD la capital, así como la presencia en las cámaras de diputados y senadores.

La composición del templete del evento ya presagiaba la tensión entre la columna de la burocracia partidista y las figuras representativas del movimiento obradorista en su vertiente ciudadana, La Jornada reseñó: “El templete se situó frente a Palacio Nacional, en el mismo lugar donde se ubicó para culminar la marcha contra el desafuero. Ahí se congregaron los coordinadores de las redes ciudadanas y los gobernadores perredistas, excepto el surbajacaliforniano Narciso Agúndez y el michoacano Lázaro Cárdenas Batel. De los chuchos sólo trepó el secretario general, Guadalupe Acosta Naranjo -quien llevó la conducción de la ceremonia- y Carlos Navarrete. Se integraron también los dirigentes del PT y Convergencia, Alberto Anaya Gutiérrez y Dante Delgado Rannauro, respectivamente; el jefe de Gobierno capitalino, Alejandro Encinas, el candidato a ese cargo, Marcelo Ebrard, y el aspirante a la gubernatura de Tabasco, César Raúl Ojeda Zubieta. Entre los asistentes estaban también la escritora y periodista Elena Poniatowska, el científico René Drucker, el ex dirigente estudiantil Raúl Álvarez Garín, José María Pérez Gay, Jesusa Rodríguez, una decena de diputados federales y el ex dirigente del PRD, Porfirio Muñoz Ledo”.

AMLO hizo un llamado a la unidad ante la nueva tormenta interna por las candidaturas que ya se avecinaba, y que en 2003 había dado pie a todo el asunto de la corrupción y los video escándalos, que estaban frescos en la memoria colectiva. El pragmatismo de 2003 era un mal antecedente.

En su discurso el ya candidato presidencial planteó: “Las circunstancias exigen la unidad de todos; de mujeres y hombres de buena voluntad. Con toda sinceridad les digo: ésta no es tarea de un solo hombre. Necesitamos la participación de todos y todas”.

Y en unas líneas que significaron un planteamiento diametralmente opuesto a lo que finalmente pasó en el país, López Obrador dijo a la multitud: “No vamos a permitir que se asocie la delincuencia con la autoridad, no vamos a proteger a una banda y castigar a otra, sino a aplicar la ley por parejo”.

Finalmente, dio un mensaje realizado en aras de romper con el esquema tradicional de campaña: “López Obrador convocó al ingenio de sus simpatizantes para realizar una promoción desde abajo, con la idea de que cada uno sea el principal promotor de una oferta de cambio. Recomendó que cada ciudadano convencido corra la voz, elabore volantes y los distribuya, haga sus propias cartulinas, mantas y banderas y las coloquen en sus domicilios, autos y centros de trabajo y pinten sus bardas, para intentar generar un efecto como el logrado con el movimiento contra el desafuero”. (La Jornada).

Sin embargo, ese ánimo se apagó con el propio hielo de la clase política perredista, que aceptó sin chistar la “tregua navideña” preparada desde el régimen para reorganizar las fuerzas de la oligarquía. 20 días antes de terminar el año, Andrés Manuel López Obrador se despidió de la actividad política para asumir la llamada tregua, ordenada por el Instituto Federal Electoral (IFE) y que definió como el “toque de queda”.

Fueron días valiosos que se perdieron en el marasmo que solo fue útil al panismo, únicamente la organización civil Flor y Canto inició campaña el 1° de enero de 2006 en un acto simbólico lleno de abrazos y fraternidad en el Ángel de la Independencia. Innumerables dirigentes perredistas se fueron a descansar o vacacionar, como si la batalla por el 2006 fuera a ser un día de campo.

La periodista Blanche Petrich hizo una magnifica crónica del lanzamiento de AMLO, que refiere precisamente el momento del enfriamiento:

“Por el bien de todos, primero los pobres”, el lema que blandió Andrés Manuel López Obrador en la competencia para llegar a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal hace seis años, será el mismo de su campaña nacional para competir por la Presidencia del país. Porque, explicó el Peje en su discurso de toma de protesta, “es más que un lema, es un principio fundamental” de su itinerario político a partir de ahora, durante la campaña que arranca formalmente el 18 de enero. Y de lo que será, de llegar a la Presidencia, la filosofía de su gobierno.

“No fue, ni de lejos, la concentración multitudinaria que los organizadores esperaban. Poco después de la hora de comer, en pequeños grupos, familias, grupos de vecinos y de amigos, abuelas y abuelos, empezaron a mezclarse con la raza que habitualmente colma el Zócalo y llena el aire de olores característicos: copal, algodón de azúcar, elotes… Sin éxito, los reporteros buscaron en las inmediaciones camiones de acarreo. No hubo.

“La mayoría de las mantas desplegadas daban cuenta del esfuerzo de las Redes Ciudadanas, promotoras del voto pro AMLO, por hacer presencia. Son grupos minúsculos que agregan sus siglas a la diversidad política: Movimiento de Esperanza Ciudadana (MEC), Jovenesamlo, Uniendo Esperanzas, Red Politécnica con AMLO, Movimiento de Izquierda Nueva Aztlán y similares. Uno de estos rótulos expresaba: “Serás presidente por tu honradez y capacidad. Tienes el apoyo de los que apostamos por el verdadero cambio, con o sin el apoyo de Cuauhtémoc Cárdenas”.

“En la plancha cubierta apenas hasta la bandera, dividida en zonas por vallas metálicas, con huecos por doquier, la gente caminaba cómodamente, sin los apretujones que se vieron en otras movilizaciones. Era evidente que el PRD, el partido del candidato que rindió protesta, no echó a andar sus motores para convocar a la gente. Sólo llegaron los seguidores de hueso colorado, muchos de ellos ajenos al partido del sol azteca.

“Mientras tanto, en el templete se congregaba la nueva nomenclatura del lopezobradorismo, una extraña ensalada de dirigentes políticos que explica, en parte, la pobre concurrencia en la plaza. Los que hicieron el vacío y brillaron por su ausencia: Cuauhtémoc y Lázaro Cárdenas, así como el senador Jesús Ortega, perdedor en la reciente contienda por la candidatura al Gobierno del DF, que quedó en manos de Ebrard, que a falta de raigambre perredista esta tarde decidió vestir de doble amarillo, camisa y chamarra.” (Petrich, La Jornada, 11 de diciembre de 2005).

No obstante, y hablando de tú a la historia, Andrés Manuel López Obrador cerró con una propuesta que en ese momento sonaba lejana, pero que tarde o temprano el movimiento habría de lograr: “prometió suprimir las jugosas pensiones que hoy en día aún reciben los ex presidentes Luis Echeverría, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, la que pronto recibiría Vicente Fox y la que eventualmente podría ser asignada a él mismo, hubo una pequeña dosis de espectáculo, con luces de bengala y papel picado, todo con moderación. Hubo vivas y aplausos, nada demasiado apasionado…”

Fue la idea que prendió el ánimo de la gente, y quedó en el imaginario colectivo: “todo lo que robaron Salinas y Zedillo y todavía les pagamos pensión”, dijo un compañero universitario… Era un 10 de diciembre de 2005 cuando esa iniciativa quedó en el aire de un Zócalo que se despejó lentamente.

Este texto forma parte de un trabajo más amplio que se denomina: Los años de la resistencia, que será publicado en esta columna por entregas.

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