El pasado 26 de enero se llevó a cabo en la Ciudad de México, la sesión extraordinaria de un Congreso Nacional de Morena, en la cual se tomaron diversos acuerdos relativos a la conducción del partido.

Este “Congreso-tertulia” fue ampliamente cuestionado por la militancia del partido a lo largo y ancho del país, pues violaba el estatuto con toda la impunidad que un acto de esa naturaleza requería.

La sesión, sorpresiva e inusitadamente, derivaría en la validación en algunos de sus acuerdos por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).

La conducción del desangelado convivio (faltaron más de la mitad de los invitados) estuvo tímidamente a cargo de Héctor Diaz-Polanco bajo la férrea dirección de Bertha Luján Uranga. Ella, actuaba con naturalidad y prestancia. No quería recordar que unos meses antes había cometido un fraude en contra del partido al firmar dos veces su asistencia a un consejo nacional, que le diera un quórum momentáneo. El TEPJF apenaba a toda la militancia dando cuenta del bochornoso acto. Estos, reclamarían a la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia (CNHJ) fuera expulsada de inmediato, bajo la premisa y principios del movimiento. “NO mentir”, No traicionar”. Hasta ahora se espera sea juzgada con la severidad suficiente como ejemplo plausible que en Morena, también,  NADIE puede estar por encima de la ley.

Doña Bertha ese día, tenía muy claro el “ahora o nunca”. Pudo sensibilizar a su auditorio que exaltado pedía la “muerte” de Yeidckol Polevnsky como condición previa a sus reclamos. También los exhortaba a no aceptar la encuesta abierta para elección de las dirigencias y la devolución de prerrogativas (sugeridas por el presidente López Obrador) Bertha Luján había preparado todo, estaba eufórica, no tendría que conceder nada a sus ingenuos interlocutores. Había “planchado” los nombres de aquellos que cubrirían las “vacantes” del Comité Ejecutivo Nacional. A mano alzada los consejeros “elegían” a “sus” candidatos. Llegó el turno del “premio mayor”, era quién sería elegido como “presidente interino”. No permitió otros nombres. “A la una, a las dos, a las tres” decía atropelladamente Bertha; “Alfonso Ramírez Cuéllar es nuestro presidente”, gritaba ante el estupor de la concurrencia. Nunca se supo cuántos votos había recibido pues una buena parte de los congresistas ya se había ido.

Ramírez Cuellar, diputado federal con licencia, es un antiguo opositor al presidente. A fines de 2007, el barzonista, miembro del PRD se autodesignaba aspirante a la dirección del partido de la revolución democrática y en la búsqueda por recursos para financiar su campaña, exigía con celo a López Obrador transparentar los donativos que el movimiento recibía de la población.

El 8 de junio pasado, miembros del CEN y dirigencias de Morena en todos los estados ratificaban su respaldo irrestricto al presidente Andrés Manuel López Obrador, a su proyecto de nación y a sus políticas de gobierno. Deslindándose terminantemente de las opiniones, qué a título personal, había emitido Alfonso Ramírez Cuéllar, ya que no representaban los postulados de la cuarta transformación ni los principios de MORENA.

Ramírez Cuéllar fue “designado” en el Congreso del mismo 26 de enero por un término de 4 meses, ratificado en el tribunal, que vence este próximo 25 de junio. Recordamos que el mandato del mismo congreso se refería, en especial, a la organización en la renovación de las dirigencias, sumada a la aplicación de encuestas ABIERTAS para elegir al Presidente y Secretario General del CEN, que mandatara el propio TEPJF.

El multicitado diputado con licencia no sólo no hizo NADA de lo que se esperaba, invirtió ese valioso tiempo (120 días) en promocionarse, nombrar “enlaces” afines, ofrecer cargos, candidaturas y alianzas con partidos sin que esto fuera de su competencia, pensando que podría apoderarse de la presidencia del CEN y del partido indefinidamente.

Han surgido en todos los estados, incidentes de inejecución de sentencia, que obligarán al Tribunal a resolver con objetividad en favor de una necesaria democracia partidaria.

¡Bertha Luján y su alfil deberán encontrar el lugar que les corresponda!

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